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Lógicas comunes más allá de la dicotomía salud-enfermedad
6 de mayo de 2026
Lineage - Michael Oneil
Esta fotografía de 2010 nos muestra a quienes posiblemente son padre e hijo realizando sus asanas y meditaciones, el título obliga remitirnos a la tradición y la enseñanza de cada cultura sobre del quehacer con el cuerpo y la mente.
Escrito por
Raúl Olmedo
Psicólogo
1. La salud no es un estado, sino un proceso dinámico de armonización
En prácticamente todas las tradiciones, aquello que nosotros traduciríamos como “salud” no es un estado fijo ni una meta que se alcanza de una vez. Es un movimiento perpetuo de ajuste entre fuerzas opuestas: yin y yang, gunas, razón y pasión, rigor y misericordia sefiróticos, individuo y comunidad. La enfermedad no es lo contrario de la salud, sino una manifestación del mismo proceso de equilibrio cuando este se inclina en exceso hacia un polo. En este sentido, la dicotomía salud-enfermedad se diluye: ambas forman parte de un mismo continuo rítmico, de modo que un cierto grado de desequilibrio no es patológico sino inherente a la vida. La rigidez de un estado perfectamente equilibrado sería, paradójicamente, una forma de muerte o estancamiento.
2. La indisociabilidad del individuo y el cosmos
En ninguno de estos sistemas el bienestar anímico es una propiedad exclusiva del individuo. La salud del alma es siempre un reflejo o una sintonía con un orden que excede al sujeto: la polis, el Dao, las sefirot, la comunidad de ancestros. La enfermedad aparece cuando ese vínculo se rompe: el olvido del Dao, la ruptura de vasijas divinas, el susto que desprende el alma del tejido comunitario. Incluso en la filosofía griega, la eudaimonía solo se concibe dentro de la polis. Esta lógica relacional hace que la terapia sea, a la vez, un acto cósmico, político y ritual, no un procedimiento técnico aplicado sobre un organismo aislado.
3. El componente ético y cognitivo: la enfermedad como ignorancia o desorden moral
El malestar psíquico no es nunca moralmente neutro —lo cual no significa que sea culpabilizador en el sentido moderno, sino que está inscrito en un orden de valor—. La akrasia, los logismoi, el nafs al-ammara, la avidya: todos ellos designan un estado en que la persona está sumida en la ignorancia, el deseo desmedido o el error existencial. La salud, en contrapartida, es fruto de un conocimiento (gnosis, sabiduría, discernimiento) que no es meramente intelectual, sino transformador. La terapia consiste, entonces, en un despertar o una purificación cognitiva y moral, no en la supresión de síntomas.
4. La transformación del sufrimiento en lugar de su eliminación
Varias tradiciones no prometen la eliminación del sufrimiento sino su transmutación. El budismo diagnostica dukkha como una verdad universal, no como una anomalía. El sufismo ve en la aflicción un velo que, al ser atravesado, revela cercanía divina. Los estoicos entrenan al sabio para soportar lo inevitable, no para erradicar la adversidad. La enfermedad espiritual, en este marco, no es la presencia del sufrimiento, sino la actitud equivocada ante él: el apego, la aversión, la desesperación. Esta lógica contrasta fuertemente con la tendencia moderna a medicalizar toda forma de malestar.
5. Curación comunitaria y ritual
La restauración del equilibrio nunca es un acto solitario ni meramente técnico. Requiere la mediación de un chamán, un confesor, un maestro zen, un director espiritual; se inscribe en rituales colectivos, ceremonias de reincorporación, liturgias penitenciales. La palabra, el símbolo y la presencia de la comunidad poseen eficacia terapéutica. En esto se observa una constante: la salud mental avant la lettre es siempre un fenómeno social y narrativo.
6. La indistinción entre cuerpo, alma y espíritu
El dualismo cartesiano que permitirá la medicalización moderna está ausente. Los desequilibrios de los doshas son simultáneamente corporales y anímicos; la acedia es debilidad del alma y pesadez del cuerpo; el qi bloqueado es energía cósmica, emoción y fisiología. Esta no-separación implica que las técnicas de cultivo (dieta, meditación, ejercicio respiratorio, rituales) actúan sobre una unidad psicofísica-espiritual que los modernos fragmentarán.