
Capítulo 2. El mundo que encerró a la locura: de la nave de los necios al nacimiento de la clínica
6 de mayo de 2026
A Reading From Home - Laurence Alma Tedema
En esta bella obra podemos mirar una representación de un momento de la cotidianidad en Grecia antigua, los jóvenes escuchan un poeta declamar como parte de las actividades cotidianas dedicadas al arte, la reflexión y el enriquecimiento de si.
Escrito por
Raúl Olmedo
Psicólogo
- Un umbral: cuando la locura soltó amarras
En 1494, Sebastian Brant publicó La nave de los necios. El barco que se dirige a Narragonia transporta vanidades, errores y formas de insensatez; no constituye un registro administrativo de la atención a las personas perturbadas. Su fuerza está en otro lugar: convierte la necedad en una imagen desde la cual una sociedad puede mirarse.
Durante el Renacimiento europeo convivieron representaciones muy distintas. La locura podía ser motivo de burla, amenaza, castigo, compasión, fascinación o revelación literaria. Tampoco existía una única población claramente identificada como “los locos”. Bajo denominaciones variables podían reunirse personas empobrecidas, errantes, violentas, confundidas, discapacitadas o incapaces de sostener las obligaciones que una comunidad esperaba.
La nave sirve como entrada, no como prueba de que una Europa tolerante expulsaba a sus perturbados antes de que una Europa racional decidiera encerrarlos. Esa secuencia, popularizada en parte por Michel Foucault, es una interpretación poderosa y discutida. Nuestro trabajo será conservar la pregunta que abrió sin convertirla en una cronología indiscutible: qué instituciones separan la razón de aquello que nombran como su contrario, y qué autoridad obtienen al hacerlo.
- Descartes y la razón que se retira del mundo
En sus Meditaciones, Descartes somete a duda la información de los sentidos, la diferencia entre vigilia y sueño y hasta la posibilidad de un engaño radical. La locura aparece brevemente dentro de ese recorrido.
Foucault leyó el pasaje como una exclusión decisiva: el pensamiento moderno admitiría la duda, pero apartaría la locura porque quien delira ya no podría ocupar el lugar del sujeto que conduce metódicamente su examen. Esa lectura no es un dato sobre el nacimiento de la psiquiatría. Es una interpretación filosófica acerca de cómo la razón moderna produce sus límites, y fue discutida tanto por filósofos como por historiadores.
Tampoco puede sostenerse que la medicina moderna nazca simplemente del dualismo cartesiano. La anatomía, la observación clínica, los hospitales, las administraciones estatales y múltiples tradiciones médicas tuvieron historias propias. Descartes importa aquí porque ofrece un lenguaje influyente para separar pensamiento y extensión, no porque haya diseñado el futuro manicomio.
Leemos en esa separación una tensión que acompañará a la psiquiatría: su pertenencia a la medicina la orienta hacia el cuerpo, mientras su objeto aparece en palabras, acciones, vínculos y experiencias que no se dejan reducir fácilmente a una lesión observable.
- El Gran Encierro y sus límites
En 1656 se creó el Hospital General de París. No era un hospital en el sentido clínico actual, sino una estructura administrativa que reunía distintos establecimientos y ejercía funciones de asistencia, custodia y disciplina. Personas pobres, mendicantes, consideradas libertinas o incapaces de sostenerse podían quedar bajo su autoridad.
Foucault llamó Gran Encierro al proceso por el cual las sociedades europeas de la época clásica habrían separado una amplia región de la sinrazón. En su reconstrucción, la internación no nació de un conocimiento médico sobre la locura, sino de una reorganización moral y económica del orden social.
La tesis permitió observar algo que las historias celebratorias de la psiquiatría tendían a ocultar: las instituciones no se limitan a recibir objetos ya definidos. También producen categorías, expedientes, conductas esperadas y formas de visibilidad. Sin embargo, investigaciones posteriores han cuestionado la amplitud geográfica y la uniformidad de aquel “encierro”. Las trayectorias de Francia, Inglaterra, territorios germánicos y otras regiones no fueron idénticas; tampoco todas las personas perturbadas fueron internadas ni todas las instituciones obedecieron a una sola lógica.
No necesitamos decidir entre una historia de progreso humanitario y una historia de dominación total. Basta reconocer que asistencia y control podían formar parte del mismo dispositivo. El refugio protegía y separaba; la disciplina organizaba y subordinaba; el registro permitía cuidar y vigilar.
- Pinel y el gesto liberador: el nacimiento del alienismo
La historia profesional de la psiquiatría convirtió a Philippe Pinel en protagonista de una escena fundacional: el médico que libera de sus cadenas a los internados de Bicêtre durante la Revolución francesa. La escena reúne hechos, elaboraciones posteriores y una distribución selectiva del mérito. Jean-Baptiste Pussin, supervisor del establecimiento, tuvo una participación relevante en las reformas, y otros movimientos transformaban por entonces el trato institucional en distintos países. La imagen de Pinel adquirió, sin embargo, una función duradera: representar el momento en que la medicina devolvió humanidad a quienes habían sido tratados como bestias.
El tratamiento moral no significaba moralizar en el sentido trivial de sermonear. Proponía un ambiente ordenado, relaciones regulares, observación, conversación, trabajo y reducción de algunas formas de restricción física. Se apoyaba en la idea de que incluso una persona profundamente perturbada conservaba zonas accesibles a la razón y al vínculo.
Ese cambio ofrecía una promesa nueva: la alienación podía tener curso, pronóstico y, en ciertos casos, mejoría. El establecimiento dejaba de concebirse únicamente como depósito.
Pero la nueva expectativa terapéutica otorgaba también otra autoridad. El médico y la institución podían decidir qué conducta indicaba progreso, qué relato era creíble, cuándo correspondía premiar, aislar o prolongar el internamiento. Las cadenas visibles podían reducirse mientras aumentaban la observación, la reglamentación y la dependencia.
No afirmamos con esto que el tratamiento moral fuera una prisión disfrazada. Leemos una ambivalencia estructural: el mismo dispositivo que reconocía a la persona como alguien susceptible de cuidado la convertía en objeto continuo de un saber institucional.
- El siglo XIX: clasificar, observar y administrar
A lo largo del siglo XIX, el asilo ofreció a la psiquiatría algo que una consulta dispersa no podía darle: poblaciones reunidas, observación prolongada, expedientes y comparación de cursos. La clasificación dejó de depender únicamente de la apariencia de un episodio y empezó a incorporar evolución, desenlace y recurrencia.
Las nosologías no fueron simples descubrimientos de enfermedades ya delimitadas. Organizaban regularidades y, al hacerlo, proponían fronteras. Esquirol, Griesinger, Morel, Kraepelin y otros no construyeron un edificio único. Discutieron si el origen debía buscarse en lesiones, herencia, degeneración, biografía, facultades psicológicas o trayectorias clínicas.
La psiquiatría entró también en los tribunales. El peritaje debía decidir si una persona comprendía sus actos, si podía responder penalmente por ellos o si requería custodia y tratamiento. Esa posición no fue una consecuencia automática del progreso médico. Fue una negociación histórica mediante la cual el derecho cedió a especialistas parte de la autoridad para interpretar conductas que desbordaban sus categorías ordinarias.
El conocimiento producido era real: se describieron cursos, se diferenciaron estados y se acumuló experiencia clínica. También era inseparable del lugar donde se obtenía. Las instituciones seleccionaban a quién observar, bajo qué condiciones y con qué lenguaje.
- La melancolía que se convirtió en depresión
La melancolía permite ver el cambio sin imaginar una sustitución completa. Durante siglos fue una categoría médica vinculada con el cuerpo, pero también una figura filosófica, religiosa, literaria y estética. Podía nombrar una enfermedad grave, una disposición del carácter, un pecado, una experiencia de pérdida o un signo de excepcionalidad.
La depresión no desalojó de una vez ese repertorio. El término fue adquiriendo usos clínicos mientras persistían concepciones anteriores. Con el tiempo, la descripción psiquiátrica privilegió conjuntos de signos, duración, deterioro, curso y respuesta al tratamiento.
Esa operación permitió distinguir experiencias, investigar regularidades y ofrecer atención. También reunió bajo un mismo nombre historias muy diferentes. La categoría gana utilidad cuando orienta una intervención, pero puede perder espesor cuando hace parecer equivalentes una pérdida, una enfermedad corporal, una vida sometida a violencia o un episodio sin desencadenante reconocible.
Que una categoría sea histórica no vuelve imaginario el padecimiento. Solo recuerda que ninguna clasificación agota aquello que ordena.
- Balance: una nueva posición para el paciente y el médico
Entre los siglos XVII y XIX no ocurrió un único tránsito desde la superstición hacia la ciencia. Se reorganizaron la asistencia, la pobreza, el derecho, el encierro y la medicina. De esa reorganización surgió una figura nueva: la persona cuya perturbación podía ser observada longitudinalmente, clasificada y tratada dentro de una institución especializada.
Esa transformación produjo conocimiento y abrió posibilidades terapéuticas. También concentró poder: el poder de decidir quién estaba enfermo, qué conducta demostraba mejoría y cuándo alguien podía recuperar su libertad.
La clínica no encontró un objeto intacto que esperaba ser descubierto. Participó en su construcción. Eso no significa que inventara el dolor ni que todos sus diagnósticos fueran ficciones. Significa que conocer y organizar quedaron ligados desde el comienzo.
Puente narrativo. En el siglo XX, el monopolio del asilo empezará a fracturarse. La palabra, los medicamentos y los sistemas diagnósticos construirán nuevas maneras de intervenir, cada una con su promesa y su límite.
Referencias
Daugherty, B. (2020). A social history of serious mental illness. CNS Spectrums.
Foucault, M. (1961/2006). Historia de la locura en la época clásica. Fondo de Cultura Económica.
Wright, D. (2026). Histories of madness. Cambridge University Press.
Notas de verificación
La nave se utiliza como representación cultural y no como prueba de una práctica general. El Gran Encierro se identifica como tesis de Foucault y se mencionan sus límites historiográficos. La escena de Pinel se presenta como mito profesional construido sobre reformas históricas reales.