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Capítulo 4. La OMS y la consagración global del término: de Alma-Ata a la salud mental universal

6 de mayo de 2026

El Escritor - Georges Bousquet

Collage. Apelamos nuevamente a la técnica del collage como metáfora y al escritor como quien intenta atrapar el acontecer entre el mundo interno y la realidad, como quien dice "es esto que soy yo y habla fuera de mi más que yo mismo"

Raúl Olmedo

Escrito por

Raúl Olmedo

Psicólogo

  1. Un escenario para todas las tensiones

Cuando una categoría entra en una organización internacional cambia de escala. Debe traducirse a definiciones, indicadores, programas, presupuestos y recomendaciones capaces de circular entre países muy diferentes.

La Organización Mundial de la Salud no inventó la expresión salud mental ni consiguió estabilizar para siempre su significado. Funcionó como un espacio donde distintas concepciones adquirieron autoridad institucional: la salud como bienestar, la prevención, la atención primaria, la clasificación de enfermedades, el derecho a recibir cuidados, la medición de discapacidad y la transformación de los servicios.

No hay una sola voz de la OMS. Sus documentos pertenecen a períodos, equipos, asambleas y programas distintos. Leerla como si fuera una persona con una intención única impediría observar lo más interesante: cómo conviven dentro de una misma institución aspiraciones que no siempre encajan entre sí.

  1. La definición fundacional y sus sombras

La Constitución de la OMS fue adoptada en 1946 y entró en vigor en 1948. Allí se define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. La formulación se refiere a la salud en general, no constituye todavía una definición independiente de salud mental. La misma Constitución reconoce el disfrute del máximo nivel posible de salud como un derecho humano fundamental.

La frase realizó una ampliación importante. La medicina no debía limitarse a detectar lesiones ni la política sanitaria a combatir infecciones. La vida social y la experiencia mental entraban en el campo de responsabilidad pública.

La palabra completo produce, sin embargo, una dificultad. Como horizonte político, impide conformarse con una salud reducida a supervivencia. Como criterio descriptivo, establece una condición que pocas vidas podrían sostener durante mucho tiempo.

Leemos ahí una tensión, no una intención oculta. La definición puede servir para reclamar condiciones dignas y, a la vez, volver borrosa la frontera entre salud, malestar y enfermedad. Una vida con duelo, conflicto o limitación podría no alcanzar el bienestar completo sin que por ello deba considerarse patológica.

La OMS utiliza actualmente una formulación más operativa: entiende la salud mental como un estado de bienestar que permite afrontar tensiones, desarrollar capacidades, aprender, trabajar y contribuir a la comunidad. El mismo documento advierte que la salud mental se encuentra en un continuo y depende de factores individuales, familiares, comunitarios y estructurales.

La formulación evita reducir la salud a ausencia de trastorno. También introduce una norma de funcionamiento. Aprender, trabajar y contribuir pueden describir posibilidades valiosas, pero no deberían convertirse en pruebas morales mediante las cuales juzgar a quien, por enfermedad, discapacidad, desempleo o exclusión, no puede realizarlas de la manera esperada.

  1. Alma-Ata: atención primaria, participación y condiciones sociales

En 1978, la OMS y UNICEF convocaron la Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud en Alma-Ata. La declaración resultante afirmó la salud como derecho, defendió la participación de las comunidades y sostuvo que alcanzar mejores condiciones sanitarias requería la acción de sectores sociales y económicos, no solo del sistema médico.

Alma-Ata no fue una conferencia dedicada principalmente a la salud mental ni creó por sí sola el lenguaje de los determinantes sociales. Su importancia para nuestra historia es otra: ofreció una arquitectura desde la cual el cuidado podía acercarse al lugar donde transcurre la vida.

Integrar salud mental en atención primaria podía reducir distancias, evitar que toda consulta terminara en una institución especializada y reconocer la relación entre padecimiento, vivienda, educación, trabajo y apoyo comunitario. También podía trasladar responsabilidades a servicios con poco personal, escasa formación y recursos insuficientes.

La participación comunitaria abría otra posibilidad: que las personas no fueran solamente receptoras de programas diseñados lejos de ellas. Pero la palabra participación admite muchos grados. Puede significar decidir prioridades o apenas colaborar con una intervención ya definida.

La distancia entre declaración y práctica no invalida el principio. Revela lo que este exige: recursos, capacidad local y mecanismos para que la comunidad pueda modificar aquello en lo que se supone que participa.

  1. Medir para volver visible

Un problema que no se cuenta compite mal por recursos. Durante las últimas décadas del siglo XX, la epidemiología y los estudios de carga de enfermedad ofrecieron formas de estimar prevalencia, discapacidad, mortalidad y costos asociados con los trastornos mentales.

La medición produjo una ganancia política. El sufrimiento dejó de aparecer como un asunto marginal frente a enfermedades consideradas más objetivas. Las cifras permitieron mostrar que sus efectos atravesaban familias, sistemas sanitarios, trabajo y educación.

Pero toda medida selecciona. Para comparar debe definir casos, establecer umbrales y traducir vidas distintas a una unidad común. Esa operación puede ser necesaria y, al mismo tiempo, insuficiente.

Una escala de síntomas no informa por sí sola qué significado tiene una experiencia, qué la produjo ni qué respuesta sería preferible. Un indicador de discapacidad no demuestra que el origen del problema sea exclusivamente cerebral. La cifra vuelve visible una dimensión; no reemplaza la interpretación clínica, social o cultural.

El peligro no está en medir. Está en olvidar qué quedó fuera de la medida.

  1. La brecha de atención y la salud mental global

En 2007, una serie de The Lancet reunió investigaciones sobre la falta de atención en numerosos países y terminó con un llamado a ampliar servicios. En 2008, la OMS lanzó el Programa de Acción para Superar las Brechas en Salud Mental, conocido como mhGAP, dirigido especialmente a países de ingresos bajos y medios.

El problema se nombró como brecha de tratamiento: una gran cantidad de personas atravesaba padecimientos graves sin acceso a servicios. La respuesta incluía formar a profesionales no especializados, integrar la atención en servicios generales y usar guías para condiciones prioritarias. Las versiones posteriores de mhGAP incorporaron algoritmos, recomendaciones actualizadas y componentes psicosociales y farmacológicos.

El reconocimiento afirmativo debe ir primero. El movimiento volvió visible el abandono de personas que no recibían ningún cuidado, la concentración de especialistas en pocos lugares y las violaciones de derechos dentro y fuera de las instituciones. Amplió una conversación que durante mucho tiempo había tratado la atención mental como lujo de países ricos.

Después corresponde el examen. Una guía que viaja entre países lleva consigo categorías, prioridades y una idea de lo que cuenta como mejoría. La adaptación lingüística no garantiza una transformación real del dispositivo. Importa saber quién definió el problema, qué conocimientos locales participaron, qué intervenciones recibieron financiamiento y qué ocurrió cuando la aplicación no produjo los resultados esperados.

Las críticas poscoloniales no obligan a elegir entre atención e identidad cultural. Señalan una pregunta más difícil: cómo ampliar servicios sin convertir una clasificación desarrollada en determinados centros académicos en el único idioma legítimo del sufrimiento.

El riesgo inverso también debe nombrarse. Defender la diferencia cultural no puede servir para romantizar el abandono ni para negar atención a quien la solicita. Ningún vocabulario local garantiza por sí mismo respeto, eficacia o ausencia de coerción.

  1. Derechos: recibir atención y conservar la condición de sujeto

La salud mental ingresó progresivamente en el lenguaje de los derechos humanos. Esto añadió algo que la definición de bienestar no resolvía: una persona no pierde sus derechos por recibir un diagnóstico ni por atravesar una crisis.

El derecho a la salud incluye acceso a servicios, pero no se agota en ellos. Comprende también no sufrir discriminación, participar en decisiones, recibir información, vivir en la comunidad y contar con condiciones materiales que hagan posible el cuidado. La OMS presenta actualmente la salud mental como derecho básico y promueve redes comunitarias en lugar de depender de instituciones de larga estancia.

El lenguaje de derechos introduce una exigencia incómoda para cualquier práctica clínica: una intervención no queda justificada solo porque quien la realiza crea que busca el bien. Debe examinar sus resultados, sus riesgos y el grado de autonomía que preserva.

La tensión se vuelve extrema ante crisis, riesgo grave e intervenciones involuntarias. Este capítulo no la resolverá. Basta señalar que la historia de la salud mental universal no es solamente la historia de ampliar tratamientos. Es también la de limitar el poder adquirido por quienes pueden imponerlos.

  1. El siglo XXI: transformar cuidados y entornos

El Informe mundial sobre salud mental de 2022 resume la orientación reciente de la OMS en tres movimientos: aumentar el valor político y social concedido a la salud mental, transformar los entornos que la condicionan y fortalecer los sistemas de atención. El informe incorpora experiencias de personas usuarias y sostiene que las respuestas disponibles siguen siendo insuficientes.

Este marco se distancia de una explicación exclusivamente biomédica. Reconoce que pobreza, violencia, desigualdad, trabajo, educación y comunidad participan en la producción o protección de la salud mental. Al mismo tiempo, mantiene categorías clínicas, guías de intervención y programas de ampliación de servicios.

La coexistencia no constituye necesariamente una incoherencia. Puede expresar que ningún nivel basta. Una persona puede necesitar medicación, escucha, protección frente a la violencia, ingresos y una red comunitaria sin que una intervención vuelva prescindibles las demás.

El conflicto aparece cuando la complementariedad del documento no se traduce en la distribución de recursos. Resulta más sencillo publicar una guía individual que transformar vivienda, trabajo o violencia. También puede ser más sencillo invocar determinantes sociales que construir servicios clínicos accesibles.

La pregunta deja de ser qué modelo posee toda la verdad. Pasa a ser qué nivel recibe capacidad real de actuar y quién se hace cargo de aquello que cada intervención no puede resolver.

  1. Balance: una categoría que hace cosas

La OMS ayudó a convertir la salud mental en un lenguaje capaz de reclamar atención, prevención, presupuesto y derechos. Esa expansión permitió que padecimientos antes abandonados ingresaran en agendas públicas y que la salud dejara de definirse únicamente como ausencia de enfermedad.

La misma expansión hizo comparables experiencias que no siempre significaban lo mismo. Para organizar políticas globales fue necesario establecer categorías, indicadores y prioridades. La universalidad ofreció una base para exigir igualdad; también pudo homogeneizar vocabularios y reducir la autoridad de conocimientos situados.

No estamos ante una contradicción que pueda eliminarse con una definición mejor. Estamos ante una propiedad del campo. La salud mental debe poder nombrar necesidades comunes sin fingir que todas las vidas hablan el mismo idioma.

La primera parte de esta investigación siguió la construcción histórica de esa dificultad. Comenzó con prácticas cuyo horizonte era formar una vida o salvar un alma; continuó con instituciones que observaron, clasificaron y trataron; pasó por la palabra, los medicamentos y los manuales; y terminó en una categoría que organiza políticas mundiales.

Lo que cambió no fue únicamente el nombre del sufrimiento. Cambiaron las preguntas que podían hacerse, las autoridades capaces de responderlas y las consecuencias de cada respuesta.

Puente narrativo. La segunda parte examinará esas respuestas en el presente. Medicina, psicología, sociología, antropología, filosofía y política no describen desde distintos ángulos un objeto ya resuelto. Cada una construye una salud mental parcialmente diferente.

Referencias

Lancet Global Mental Health Group. (2007). Scale up services for mental disorders: A call for action. The Lancet, 370, 1241–1252.

Organización Mundial de la Salud. (1946/2020). Constitución de la Organización Mundial de la Salud.

Organización Mundial de la Salud. (1978). Declaración de Alma-Ata.

Organización Mundial de la Salud. (2022). Informe mundial sobre salud mental: Transformar la salud mental para todos.

Organización Mundial de la Salud. (2023). Mental Health Gap Action Programme guideline for mental, neurological and substance use disorders (3.ª ed.).

Patel, V., et al. (2018). The Lancet Commission on global mental health and sustainable development. The Lancet, 392, 1553–1598.

Notas de verificación

La definición constitucional se atribuye a la salud general y no a una definición específica de salud mental. Se eliminó la atribución no verificada de una definición funcional a un comité de 1950. Alma-Ata se presenta como marco de atención primaria y acción intersectorial, no como origen exclusivo de los determinantes sociales.