
Parte 2 · Cómo se volvió pensable la salud mental
24 de julio de 2026
Escena de Fight Club - David Fincher
El club de la pelea. Nos muestra una versión dolida y problematizada del funcionamiento del dispositivo postmoderno de terapia grupal.
Escrito por
Raúl Olmedo
Psicólogo
La comparación entre tradiciones puede producir una ilusión. Cuando aparecen una junto a otra, parece que todas intentaron responder la misma pregunta y que solo difirieron en sus explicaciones: demonios, juicios, espíritus o neurotransmisores.
Una genealogía parte de una sospecha distinta. Las respuestas no solo contestan una pregunta previa. También ayudan a construirla. Determinan qué fenómenos se agrupan, dónde se localiza el problema, quién queda autorizado para intervenir y qué cuenta como mejoría.
Nuestra lectura es que la salud mental constituye una forma histórica particular de organizar el sufrimiento. No es una ficción ni una mera palabra nueva. Es un entramado de categorías, profesiones, instituciones, derechos, investigaciones, escalas, tratamientos y políticas públicas.
Una transformación sin fronteras limpias
El paso del cuidado del alma a la salud mental no ocurrió de una vez ni sustituyó por completo lo anterior. La religión, la filosofía moral, la medicina, las redes familiares y las prácticas comunitarias continuaron coexistiendo. Incluso hoy, una misma persona puede rezar, consultar a un médico, hablar con alguien de confianza y comenzar una psicoterapia sin percibir contradicción.
Aun así, pueden reconocerse algunos desplazamientos.
El primero fue la posibilidad de separar una parte del sufrimiento de su interpretación religiosa o moral y convertirla en objeto de conocimiento médico. Ese movimiento permitió estudiar regularidades, construir tratamientos y disputar explicaciones que atribuían el padecimiento a una culpa personal. También trasladó autoridad hacia profesiones e instituciones capaces de clasificar lo normal y lo patológico.
El segundo fue la construcción de sistemas diagnósticos y herramientas de medición. Para investigar y distribuir recursos se necesitan categorías relativamente estables. Pero ninguna clasificación se limita a registrar diferencias que ya estaban perfectamente separadas en la naturaleza: decide umbrales, agrupa experiencias heterogéneas y revisa sus fronteras con el tiempo.
El tercero fue la entrada del sufrimiento psíquico en la salud pública. A partir de allí, dejó de ser solamente un asunto entre una persona y quien la atendía. Se volvió también una cuestión de acceso, derechos, presupuestos, prevención, condiciones laborales, educación, vivienda y organización comunitaria.
Estos movimientos no forman una historia simple de progreso ni una caída desde un pasado más integrado. Las tradiciones anteriores podían ofrecer pertenencia y sentido, pero también imponer culpa, jerarquías o respuestas coercitivas. Los dispositivos modernos pueden reducir una historia a una categoría, pero también hacen posible exigir atención, investigar daños y someter una práctica a criterios externos de corrección.
Medir no es agotar
Una escala como el PHQ-9 produce información porque renuncia a otra. No puede comparar respuestas si cada persona narra su experiencia sin una estructura común. Tampoco puede reconstruir una vida si debe conservar su brevedad y uniformidad.
No hay una contradicción necesaria entre medición y escucha. Un cuestionario puede alertar a un profesional, ordenar el seguimiento de ciertos cambios o permitir que una institución observe un problema que antes ignoraba. La dificultad aparece cuando la puntuación deja de ser un dato dentro de una evaluación y pasa a funcionar como explicación suficiente.
El puntaje no sabe por qué alguien duerme mal. No distingue por sí solo entre un duelo, una enfermedad física, un episodio depresivo, el efecto de una sustancia o una situación de violencia. Tampoco determina automáticamente una derivación o un tratamiento: esas decisiones requieren información adicional y dependen del contexto clínico.
Reconocer esta limitación no invalida el instrumento. Delimita su uso. Una herramienta se vuelve más confiable, no menos, cuando sabemos qué puede responder y qué preguntas permanecen abiertas.
Una metáfora demasiado cómoda
Durante años circuló ampliamente la explicación de la depresión como un “desequilibrio químico”, a menudo reducido a una falta de serotonina. Su fuerza no provenía solamente de la investigación. Ofrecía una narración sencilla: el sufrimiento no era una falla moral, sino un problema corporal para el cual podía existir tratamiento.
Esa función desestigmatizante merece ser reconocida. También conviene separar tres afirmaciones que el eslogan mezclaba: que la depresión involucra procesos biológicos; que el sistema serotoninérgico puede participar en algunos de ellos; y que el trastorno está causado por una deficiencia simple de serotonina que un medicamento corrige.
Una revisión paraguas publicada por Moncrieff y colaboradores concluyó que la investigación examinada no ofrecía evidencia convincente de que la depresión estuviera causada por una disminución simple de la actividad serotoninérgica; los propios autores señalaron, sin embargo, limitaciones en la calidad y heterogeneidad de los estudios incluidos. Un comentario posterior, firmado por Jauhar y numerosos investigadores, cuestionó la metodología y la interpretación de esa revisión y sostuvo que existen datos compatibles con una participación del sistema serotoninérgico en ciertos grupos y procesos.
La controversia no restablece la versión popular del “déficit químico”. Que un sistema biológico esté implicado no significa que una condición compleja pueda explicarse como la falta de una sola sustancia. Tampoco se sigue de esta discusión que los antidepresivos carezcan de efectos: su eficacia y sus mecanismos son preguntas diferentes de la validez del eslogan.
La formulación más prudente es menos cómoda, pero informa mejor. La depresión reúne cuadros heterogéneos; en ellos interactúan procesos corporales, historias personales y condiciones sociales, y no existe una explicación neuroquímica única capaz de dar cuenta de todos.
De la salud completa a la capacidad de vivir
La Constitución de la Organización Mundial de la Salud, adoptada en 1946 y vigente desde 1948, no definió específicamente la salud mental. Definió la salud como un estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente como ausencia de enfermedad. También la vinculó con derechos, cooperación internacional y responsabilidad de los gobiernos.
Décadas después, un informe de la OMS describió la salud mental mediante la capacidad de reconocer las propias aptitudes, afrontar las tensiones habituales, trabajar de manera productiva y contribuir a la comunidad. Esa formulación, publicada en 2004, ayudó a desplazar el concepto más allá de la ausencia de trastornos.
El léxico del trabajo y la productividad permite una lectura crítica. Una definición institucional puede acercar la salud a la capacidad de funcionar dentro de un orden social. Desde esa perspectiva, el sufrimiento corre el riesgo de aparecer como problema cuando interrumpe la adaptación, el rendimiento o la contribución esperada.
Pero esa lectura no agota el documento ni la evolución del concepto. La definición actual de la OMS habla de bienestar, aprendizaje, trabajo y participación comunitaria, a la vez que presenta la salud mental como un derecho fundamental y reconoce la influencia de la pobreza, la violencia, la desigualdad, la vivienda, la educación y otros determinantes estructurales.
El discurso contemporáneo no es, por tanto, puramente biomédico ni exclusivamente productivista. En él conviven al menos tres orientaciones: el tratamiento de trastornos, la promoción del bienestar y la transformación de condiciones sociales. Sus tensiones no se resuelven reuniéndolas bajo un mismo nombre.
Lo que el nuevo objeto hizo posible
Hablar de salud mental permite afirmar que el sufrimiento no debe quedar confinado a la vida privada ni depender solamente de los recursos de una familia. Permite exigir servicios públicos, formación profesional, investigación, consentimiento informado y protección frente a abusos.
También permite comparar intervenciones y corregirlas. Una práctica formulada como tratamiento entra en un registro donde puede preguntarse qué afirmó, cómo lo examinó y qué ocurrió cuando no produjo el efecto esperado. Ese mecanismo no garantiza aciertos, pero abre la posibilidad de que algo externo al propio discurso lo contradiga.
Al mismo tiempo, el nuevo objeto puede extender indefinidamente su territorio. Experiencias como el duelo, el cansancio, el temor, el conflicto moral o la insatisfacción laboral pueden traducirse demasiado rápido al lenguaje de síntomas y trastornos. Una categoría puede facilitar el acceso a la atención y, en otra situación, cerrar prematuramente la pregunta por lo que ocurre.
Que una categoría tenga historia no vuelve opcional el padecimiento que intenta nombrar. La depresión puede tener fronteras discutidas y seguir siendo devastadora. Una escala puede recortar una experiencia y aun así ayudar a advertir un riesgo. Una explicación puede ser incompleta y un tratamiento producir alivio.
La crítica pierde su objeto cuando confunde la revisión de una categoría con la negación del dolor.
Herencias que no necesitan reconciliarse
No es necesario escoger entre la celda del monje, el canto medicinal, el examen estoico y el consultorio. Tampoco conviene combinarlos como si fueran técnicas intercambiables de una sabiduría universal.
Cada dispositivo nace dentro de una forma de vida. La acedia no puede separarse sin pérdida de la vocación monástica. El rao bewa no es una técnica sonora disponible fuera de las relaciones que le dan sentido. El ejercicio estoico pertenece a una ética que define qué merece ser deseado. El PHQ-9 depende de instituciones clínicas y de una tradición de investigación que permite estudiar y revisar su desempeño.
La pregunta genealógica no busca decidir cuál de esos mundos posee la explicación definitiva. Busca reconocer qué espera cada uno de quien sufre, qué autoridad establece, qué promete, cómo trata sus fracasos y qué no alcanza a nombrar.
Nuestra época heredó algo de todos ellos, aunque prefiera verse solo en la pantalla y la cifra. Conserva vocabularios de culpa y salvación, ejercicios de gobierno de sí, rituales comunitarios, modelos médicos y exigencias de productividad. La salud mental no reemplazó esas capas. Las reorganizó.
Comprender esa composición no ofrece una salida rápida. Permite algo más modesto y quizá más útil: no confundir el nombre que hoy damos al sufrimiento con el sufrimiento mismo.
Referencias
Jauhar, S., Arnone, D., Baldwin, D. S., Bloomfield, M., Browning, M., Cleare, A. J., et al. (2023). A leaky umbrella has little value: Evidence clearly indicates the serotonin system is implicated in depression. Molecular Psychiatry, 28, 3149–3152. https://doi.org/10.1038/s41380-023-02095-y
Kroenke, K., Spitzer, R. L., & Williams, J. B. W. (2001). The PHQ-9: Validity of a brief depression severity measure. Journal of General Internal Medicine, 16(9), 606–613. https://doi.org/10.1046/j.1525-1497.2001.016009606.x
Moncrieff, J., Cooper, R. E., Stockmann, T., Amendola, S., Hengartner, M. P., & Horowitz, M. A. (2023). The serotonin theory of depression: A systematic umbrella review of the evidence. Molecular Psychiatry, 28, 3243–3256. https://doi.org/10.1038/s41380-022-01661-0
Organización Mundial de la Salud. (1948). Constitución de la Organización Mundial de la Salud.
Organización Mundial de la Salud. (2004). Promoting mental health: Concepts, emerging evidence, practice. World Health Organization.
Organización Mundial de la Salud. (2025, 8 de octubre). Salud mental.