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PARTE I: GENEALOGÍA DEL CONCEPTO DE SALUD MENTAL

6 de mayo de 2026

A Reading From Home - Laurence Alma Tedema

En esta bella obra podemos mirar una representación de un momento de la cotidianidad en Grecia antigua, los jóvenes escuchan un poeta declamar como parte de las actividades cotidianas dedicadas al arte, la reflexión y el enriquecimiento de si.

Raúl Olmedo

Escrito por

Raúl Olmedo

Psicólogo

Capítulo 1. Del cuidado de sí al cuidado pastoral: el alma antes de la clínica 1. Un punto de partida: cuando el alma no era asunto médico Conviene empezar con una advertencia. Durante la mayor parte de la historia de Occidente, aquello que hoy llamamos «salud mental» no existió como tal. No es que no existiera el sufrimiento psíquico —ya hemos visto que sí, y que fue abundantemente tematizado—, sino que no existía un dominio autónomo llamado «lo mental» que pudiera enfermar al margen del cuerpo, del alma o de la comunidad. La idea misma de una «salud mental» supone una partición que el mundo antiguo y medieval no había trazado. Lo que sí existía era una rica reflexión sobre el cuidado del alma, la terapia de las pasiones, el gobierno de sí y la rectitud interior. Esa reflexión no estaba alojada en la medicina —o no principalmente—, sino en la filosofía y, más tarde, en la teología. Este capítulo recorre ese primer gran arco: desde Sócrates hasta el cristianismo monástico, pasando por las escuelas helenísticas, para mostrar cómo se gestaron las categorías con las que Occidente pensó el bienestar y la dolencia del alma antes de que la clínica reclamara su monopolio. 2. Grecia clásica: la salud del alma como asunto político y filosófico En la Atenas del siglo V a.C., la salud del alma no era un problema privado. Era un asunto de la polis. Un ciudadano con el alma enferma —es decir, esclava de las pasiones, incapaz de deliberar rectamente— era un peligro para la comunidad tanto como un cuerpo enfermo podía serlo para el ejército. Sócrates representa el punto de inflexión. Su gesto fundacional no consiste en crear una psicología, sino en desplazar la mirada: del cultivo del cuerpo y la acumulación de riquezas, hacia el examen del alma. La famosa frase «una vida sin examen no merece ser vivida» es, en realidad, un diagnóstico. El alma no examinada está en un error que la daña. Sócrates no ofrece una terapia en el sentido moderno, pero inaugura la idea de que el conocimiento de sí mismo es ya un remedio. La ignorancia no es solo un déficit intelectual: es una enfermedad del alma, porque lleva a actuar contra el propio bien. La areté (virtud, excelencia) es la salud del alma, y el conocimiento es su condición. Platón sistematiza esta intuición. En el Gorgias y en la República, traza una analogía explícita entre la salud del cuerpo y la justicia del alma. Así como la salud corporal es el equilibrio entre los humores, la salud del alma es el orden entre sus partes: la razón debe gobernar, el ánimo debe ser su aliado, y el deseo debe obedecer. La injusticia, en este esquema, es una enfermedad del alma tan real como la fiebre lo es del cuerpo. La ciudad justa y el alma justa son espejos: no se puede curar una sin curar la otra. Pero hay un detalle crucial: Platón no encarga esta terapia al médico, sino al filósofo. La medicina hipocrática se ocupa del cuerpo; la filosofía, del alma. La escisión no es aún «mente-cuerpo», sino «alma-cuerpo», y el terapeuta del alma es el maestro de sabiduría, no el clínico. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, desplaza ligeramente el acento. La salud del alma ya no es solo conocimiento, sino hábito virtuoso. La eudaimonía —ese término intraducible que oscila entre felicidad, florecimiento y vida lograda— no es un estado que se alcance por iluminación, sino una actividad del alma conforme a la virtud, cultivada a lo largo de toda una vida. La enfermedad del alma no es la ignorancia socrática, sino la akrasia: la debilidad de la voluntad que sabe lo que debe hacer pero no lo hace. El hombre acrático es un enfermo moral, y su terapia es la educación del carácter, no la palabra del médico. 3. Helenismo: la filosofía como terapia de las pasiones Si en la Grecia clásica la salud del alma era un asunto de la polis, en el helenismo se vuelve un asunto del individuo. La ciudad-estado ha perdido poder, los reinos helenísticos son vastos e impersonales, y la vida pública ofrece menos espacio para la participación. La pregunta ya no es «¿cómo gobernar la ciudad?», sino «¿cómo gobernar la propia vida en un mundo que no controlo?». Es en este contexto donde la filosofía se redefine explícitamente como terapia. Epicuro y los estoicos, pese a sus diferencias, comparten un mismo gesto: la filosofía es una medicina del alma. El sabio es un médico que diagnostica y trata las pasiones erróneas. Epicuro lo dice con claridad: «Vana es la palabra del filósofo que no cura ninguna dolencia del alma. Así como no hay utilidad en la medicina que no expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco la hay en la filosofía si no expulsa las del alma». El epicureísmo identifica la enfermedad principal como el temor irracional —a los dioses, a la muerte, al dolor— y propone una terapia basada en el conocimiento de la naturaleza. El tetrapharmakon, el cuádruple remedio, es una receta tan precisa como la de un médico hipocrático: no temas a los dioses, no temas a la muerte, el bien es fácil de alcanzar, el mal es fácil de soportar. Los estoicos, por su parte, desarrollan una cartografía de las pasiones más sofisticada. Las pasiones (pathê) no son simples emociones: son juicios erróneos. La tristeza es juzgar que algo malo está presente; el miedo, juzgar que algo malo se aproxima; el placer, juzgar que algo bueno está presente; el deseo, juzgar que algo bueno se aproxima. Cuando esos juicios son falsos —cuando atribuimos valor a lo que no depende de nosotros—, el alma enferma. La terapia estoica consiste en reeducar el juicio. No se trata de reprimir las emociones, sino de corregir las creencias que las generan. Marco Aurelio, emperador y estoico, escribe en sus Meditaciones un verdadero manual de autoexamen. Cada mañana recuerda que se enfrentará a personas difíciles; cada noche repasa sus actos. No lo hace por escrúpulo religioso, sino por higiene anímica. Su diario es un gimnasio, no un confesionario. Es importante notar aquí algo que será crucial para la genealogía posterior: la terapia filosófica helenística no es aún una psicoterapia, pero contiene ya varios de sus elementos: un diagnóstico, una relación maestro-discípulo, ejercicios prácticos y una promesa de alivio. Lo que no tiene es una nosología médica. La enfermedad del alma sigue siendo un asunto ético y existencial, no un síndrome clínico. 4. Cristianismo primitivo y medieval: el alma bajo el signo del pecado y la gracia Con el cristianismo se produce una mutación decisiva. La salud del alma se redefine en clave teológica: no se trata ya de florecer en la polis ni de alcanzar la imperturbabilidad estoica, sino de orientar el alma hacia Dios. La enfermedad no es la ignorancia ni la pasión errónea, sino el pecado, que es a la vez una desobediencia y una herida ontológica. El monacato egipcio de los siglos III y IV —al que ya nos asomamos en la introducción— elabora una cartografía del alma de una sutileza asombrosa. Los Padres del Desierto no teorizan desde la academia, sino desde la práctica del discernimiento. Pasan años observando sus propios pensamientos y los de los monjes que acuden a ellos. El resultado es una taxonomía de los logismoi —los pensamientos tentadores— que Evagrio Póntico sistematiza en ocho: gula, lujuria, avaricia, tristeza, ira, acedia, vanagloria y soberbia. Dos siglos más tarde, Gregorio Magno los reorganizará en los siete pecados capitales que la tradición occidental consagrará. ¿Qué hace el monje con estos pensamientos? No los analiza buscando su origen infantil ni los reinterpreta en busca de un sentido oculto. Los discierne. La pregunta no es «¿por qué pienso esto?», sino «¿de quién viene este pensamiento, de Dios o del demonio? ¿A dónde me conduce si lo sigo?». La terapia no es la introspección autobiográfica, sino la resistencia activa y la obediencia a un padre espiritual. El demonio, en este universo, no es una metáfora. Es una presencia real que ataca desde fuera, pero que necesita la cooperación del monje para hacer daño. La responsabilidad del sujeto no queda abolida por la intervención demoníaca: al contrario, el monje debe estar vigilante (nepsis) para cortar la tentación antes de que eche raíces. El corazón (kardia) es el centro de la persona, el lugar donde se decide la batalla. Un corazón puro es un espejo limpio que refleja a Dios; un corazón duro es el que ha perdido la sensibilidad espiritual. La confesión, que con el tiempo se institucionalizará como sacramento, añade una dimensión nueva a la terapia del alma: la verbalización de la falta ante otro. Pero no es un desahogo catártico, sino un acto de humildad que restaura la relación con Dios y con la comunidad. El confesor es un médico de almas en un sentido muy distinto al del filósofo helenístico: no cura por su sabiduría, sino por el poder de las llaves que la Iglesia le ha conferido. Con Tomás de Aquino, en el siglo XIII, esta tradición alcanza una síntesis formidable. La salud del alma es el orden racional que tiende a Dios. Las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— curan el alma elevándola hacia su fin sobrenatural. Las virtudes cardinales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza— la curan en su funcionamiento natural. El pecado es un desorden que aparta al alma de su fin, y la gracia es la medicina que restaura la orientación perdida. Santo Tomás emplea el lenguaje médico constantemente: Cristo es medicus, la gracia es medicina, los sacramentos son remedia. Pero no se trata de una medicalización del alma, sino de una espiritualización del lenguaje médico. La analogía es la inversa de la moderna: no es que el alma se trate como un cuerpo, sino que el cuerpo y su medicina son imágenes de una realidad más alta. 5. Balance: lo que la clínica heredó y lo que dejó atrás Llegados a este punto, podemos hacer un primer balance. El recorrido que va de Sócrates a Tomás de Aquino nos deja un legado de enorme riqueza para pensar el cuidado del alma, pero también revela las distancias insalvables que separan ese legado del moderno concepto de salud mental. De este primer arco, la modernidad heredará varias cosas. Heredará la idea de que el sufrimiento psíquico puede ser objeto de un saber sistemático y de una intervención metódica. Heredará la noción de que existe una relación entre el conocimiento de sí y el alivio del malestar. Heredará la figura de un terapeuta —filósofo, confesor, director espiritual— que guía al que sufre. Heredará, sobre todo, un vocabulario: pasión, virtud, conciencia, examen, cura. Pero también dejará atrás elementos esenciales. Dejará atrás la idea de que el alma está indisociablemente vinculada al cosmos o a Dios. Dejará atrás la noción de que el malestar es una cuestión ética y no meramente clínica. Dejará atrás la comunidad como sujeto y objeto de la curación. Y, sobre todo, dejará atrás la certeza de que el terapeuta del alma no es un médico, sino un sabio, un maestro o un santo. El viraje que va a producirse a partir del Renacimiento y, sobre todo, de la Ilustración, no consistirá en inventar de la nada el cuidado del alma, sino en arrancarlo de su matriz filosófico-teológica y reinsertarlo en una nueva matriz: la de la ciencia médica. Cómo ocurrió exactamente ese trasplante —y qué consecuencias tuvo— es el tema del próximo capítulo. Capítulo 2. El mundo que encerró a la locura: de la nave de los necios al nacimiento de la clínica 1. Un umbral: cuando la locura soltó amarras Hay una imagen que resume mejor que mil tratados el lugar de la locura en el umbral de la modernidad. En 1494, Sebastian Brant publica La nave de los necios, un poema satírico ilustrado por Durero que muestra un barco abarrotado de locos zarpando hacia Narragonia, el país de la insensatez. La imagen no es solo literaria: durante el siglo XV, algunas ciudades europeas practicaban efectivamente la expulsión de sus locos, confiándolos a barcos que recorrían los ríos y canales. Esa nave es una metáfora perfecta de lo que estaba a punto de cambiar. El loco del Renacimiento todavía podía zarpar. No se le encerraba: se le expulsaba o, en ocasiones, se le investía de una extraña sabiduría. La locura era una forma de marginalidad, pero también una ventana a verdades que la razón no alcanzaba. Erasmo escribe su Elogio de la locura en 1511, y Shakespeare puebla sus obras de bufones que dicen lo que los cuerdos callan. El loco no es aún un enfermo; es un espejo deformante en el que la razón se contempla. Ese mundo estaba a punto de desaparecer. Lo que sigue es la historia de cómo Occidente pasó de embarcar a sus locos a encerrarlos; de escucharlos a clasificarlos; de temerlos o reverenciarlos a medicalizarlos. El nacimiento de la salud mental moderna es inseparable de esa transformación. 2. Descartes y la razón que se retira del mundo En 1641, Descartes publica las Meditaciones metafísicas. Su gesto es aparentemente ajeno a nuestra historia, pero tendrá consecuencias incalculables para ella. El cogito —«pienso, luego soy»— no es solo una tesis filosófica: es un acta de divorcio. La mente se separa del cuerpo, la razón de la materia, el sujeto del mundo. Para el tema que nos ocupa, el dualismo cartesiano produce dos efectos de largo alcance. El primero es que la locura queda expulsada de la razón por definición. Si la esencia del sujeto es pensar, y el loco no piensa correctamente, entonces el loco está fuera de la subjetividad plena. Foucault, en su lectura ya clásica, lo formula con crudeza: Descartes no dialoga con el loco como había dialogado con el escéptico; simplemente lo excluye. El loco no es un interlocutor posible, sino la negación misma de la razón. El segundo efecto es que el cuerpo, desalojado de mente, queda disponible para la medicina como una máquina que puede ser reparada. Si la res extensa es pura extensión material, sus enfermedades son averías mecánicas. La medicina moderna nace aquí, en la decisión de tratar el cuerpo como un objeto sin alma. Pero el alma —lo que Descartes llama res cogitans— queda en tierra de nadie: no es un cuerpo que el médico pueda palpar, y tampoco es ya, necesariamente, el territorio del teólogo. Ese vacío será, más tarde, el lugar donde brotará la psiquiatría. 3. El Gran Encierro: cuando Europa decidió ocultar a sus pobres, sus locos y sus vagabundos En 1656, Luis XIV firma un edicto que cambia el paisaje de la asistencia en Europa. Se crea el Hospital General de París, que no es un hospital en el sentido moderno —un lugar de curación—, sino una institución de internamiento masivo. En pocos años, uno de cada cien parisinos estará encerrado allí. En Inglaterra se construyen workhouses; en Alemania, Zuchthäuser; en toda Europa, el gesto es el mismo: encerrar a quienes no encajan en el orden productivo que el naciente capitalismo exige. ¿Quiénes caen en esa red? Pobres, vagabundos, prostitutas, mendigos, viejos sin familia, libertinos... y locos. Todos revueltos. El criterio no es médico sino moral y económico: son encerrados quienes no trabajan, quienes no obedecen, quienes perturban. La locura no es aún una enfermedad específica: es una forma más de la sinrazón (déraison), una categoría amplia que abarca todo lo que la razón ilustrada no puede absorber. Foucault ha descrito este momento como el «Gran Encierro» y le ha dado un significado genealógico mayor: es el acto fundacional de una nueva relación entre la razón y la locura. El loco ya no navega; se le amuralla. Ya no es un extraño que pasa de largo: es un extraño que se queda, pero apartado, invisible. La sinrazón no es combatida: es segregada. Y al segregarla, la razón se define a sí misma por contraste. La salud mental moderna nacerá de este gesto: definir lo normal por oposición a lo anormal, lo cuerdo por oposición a lo encerrado. 4. Pinel y el gesto liberador: el nacimiento del alienismo La historia oficial de la psiquiatría suele empezar con una escena memorable. En 1793, Philippe Pinel, médico del hospital de Bicêtre, decide liberar de sus cadenas a los locos. La Revolución Francesa está en su apogeo; también los alienados merecen su libertad. La imagen es poderosa: el médico ilustrado que devuelve la humanidad a quienes habían sido tratados como bestias. Como todo mito fundacional, este tiene su dosis de verdad y su dosis de embellecimiento. Es cierto que Pinel y sus discípulos —Esquirol en Francia, Tuke en Inglaterra, Chiarugi en Italia— introdujeron un trato más humano de los alienados. El «tratamiento moral» que propusieron sustituía los grilletes por la disciplina, el diálogo y el trabajo regulado. Por primera vez, la locura era pensada como algo que podía ser curado, no meramente contenido. Pero también es cierto que la liberación de las cadenas no significó una liberación del control. El manicomio que Pinel funda es un espacio de encierro, solo que ahora justificado médicamente. El loco ya no es un prisionero: es un paciente. Y ser paciente significa ser objeto de un saber que lo clasifica, lo observa y lo gobierna. El poder ya no se ejerce sobre el cuerpo con hierros, sino sobre la conducta con horarios, con premios y castigos, con la mirada constante del médico. Foucault lo llamará, más tarde, un «poder disciplinario»: más sutil y más efectivo que el anterior. El alienismo —así se llamó a esta primera psiquiatría— instaura, pues, una ambivalencia que nos acompaña hasta hoy. Por un lado, humaniza: reconoce al loco como persona. Por otro, patologiza: convierte al loco en caso clínico. La compasión y el control se entrelazan desde el origen. 5. El siglo XIX: la psiquiatría se instala en la universidad y en el código penal A lo largo del siglo XIX, el alienismo se transforma en psiquiatría, y la psiquiatría aspira a ser una ciencia respetable. Eso significa tres cosas: clasificar, localizar y legislar. Clasificar: las nosologías proliferan. Esquirol distingue manía, melancolía, demencia e idiocia. Kraepelin, ya a finales del siglo, construye un edificio taxonómico que anticipa directamente los DSM del siglo XX. La vieja sinrazón se descompone en cuadros clínicos precisos. Cada loco tiene ahora un diagnóstico. La mirada médica ha colonizado el territorio que antes pertenecía a la moral y a la metafísica. Localizar: la psiquiatría busca su legitimidad en el cuerpo. Si la locura es una enfermedad como las demás, debe tener una lesión orgánica. La frenología de Gall, que pretendía leer el carácter en los bultos del cráneo, es un intento fallido pero sintomático. La parálisis general progresiva —una forma de sífilis cerebral— se convierte en el caballo de batalla de los psiquiatras orgánicos: he aquí una locura con una causa física demostrable. El sueño de una psiquiatría biológica está ya sembrado. Legislar: la psiquiatría sale del manicomio y entra en los tribunales. Si el loco es un enfermo, no es plenamente responsable. El psiquiatra se convierte en perito; su informe decide si el acusado va a la cárcel o al manicomio. La sociedad confía a la psiquiatría el poder de trazar la frontera entre el delito y la enfermedad, entre el culpable y el inimputable. Ese poder no ha dejado de crecer desde entonces. 6. La melancolía que se convirtió en depresión: un caso testigo Para calibrar la magnitud del viraje que estamos narrando, conviene seguir el hilo de un solo malestar a través del tiempo. La melancolía es el mejor testigo. En la antigüedad hipocrática, la melancolía era un exceso de bilis negra. Aristóteles la asoció al genio. En la Edad Media, fue uno de los pecados capitales: la tristeza que apartaba de Dios. En el Renacimiento, Durero la grabó como un ángel caído. En el Romanticismo, fue una pose aristocrática, un lujo del alma sensible. Y en el siglo XIX, la melancolía empieza a ser depresión. El término clínico desaloja al poético. La psiquiatría la descompone en síntomas: tristeza vital, anhedonia, enlentecimiento psicomotor. El alienista la separa del duelo —esa melancolía normal que cualquiera puede sentir— y la convierte en una enfermedad que requiere tratamiento. El viraje es sutil pero profundo. La melancolía era una experiencia humana, ambigua, a veces valiosa. La depresión es un síndrome. La melancolía podía ser una crisis espiritual, una prueba iniciática o un rasgo de carácter. La depresión es una disfunción que debe ser corregida. Algo se gana en precisión clínica; algo se pierde en densidad existencial. 7. Balance: lo que se jugó en este viraje Llegados aquí, podemos identificar las grandes mutaciones que preparan el terreno para la salud mental contemporánea. Primera: la locura se separa del resto de las formas de marginalidad y se convierte en un objeto médico específico. Ya no es «sinrazón» revuelta con pobreza y vagancia: es «enfermedad mental». Segunda: el encierro, que empezó siendo una medida social, se medicaliza. El manicomio ya no es un depósito de indeseables: es un hospital. La autoridad del carcelero es reemplazada por la del médico. Tercera: la psiquiatría se constituye como saber-poder. Sabe clasificar, sabe localizar, sabe legislar. Y al saber, puede intervenir. El loco ya no es un sujeto con el que se dialoga: es un objeto que se estudia. Cuarta: el marco de referencia se desplaza definitivamente de la moral a la ciencia. La enfermedad mental ya no habla el lenguaje del pecado, de la virtud o del alma. Habla el lenguaje de los síntomas, las lesiones y los síndromes. Quinta, y más decisiva para nuestra investigación: se abre la posibilidad misma de pensar en términos de «salud mental». Porque para que exista salud mental, tiene que existir primero la idea de que lo mental puede estar sano o enfermo como el cuerpo. Esa idea, que hoy nos parece obvia, es el producto de esta larga transformación. El escenario está preparado. En el próximo capítulo veremos qué sucede cuando a este dispositivo se le añaden dos ingredientes nuevos: el psicoanálisis, que reintroduce la escucha donde la psiquiatría solo clasificaba, y la psiquiatría biológica, que sueña con curar el alma como si fuera un páncreas. Capítulo 3. El siglo XX: la palabra, la pastilla y el código 1. Un siglo en tres actos El siglo XX fue, para el cuidado del alma, lo que una centrifugadora para una mezcla química: aceleró todos los procesos, separó los componentes y produjo compuestos nuevos. En menos de cien años, Occidente pasó de escuchar a los histéricos en el salón de un neurólogo vienés a codificar sus síntomas en manuales diagnósticos con valor de ley. Del diván al DSM. De la palabra a la molécula. Del sujeto que habla al cerebro que se ilumina en una pantalla. Tres grandes movimientos jalonan este siglo, y cada uno de ellos deja una capa de significado sobre lo que hoy entendemos por salud mental. El primero es el psicoanálisis, que reintroduce la escucha donde la psiquiatría del XIX solo clasificaba. El segundo es el movimiento de higiene mental, que saca la salud del manicomio y la convierte en un ideal social. El tercero es la psiquiatría biológica, que devuelve el protagonismo al cerebro y promete curar el alma con la misma lógica con que se trata una infección. Estos tres movimientos no se suceden limpiamente: se solapan, compiten y se hibridan. Pero entender su lógica permite comprender por qué la salud mental es hoy un campo de fuerzas en tensión, no un concepto pacífico. 2. Freud y el diván: la palabra como bisturí En 1895, un neurólogo vienés de ambiciones científicas publica, junto con Josef Breuer, unos Estudios sobre la histeria que van a cambiar el paisaje. Sigmund Freud no inventa la terapia por la palabra —ya existía la confesión, ya existía el diálogo filosófico—, pero le da un fundamento nuevo: el inconsciente. Bajo la conciencia, dice Freud, hay un sótano donde residen deseos, recuerdos y conflictos que no queremos ver pero que nos gobiernan. La histeria, los síntomas obsesivos, las fobias: todo eso no son lesiones cerebrales ni degeneraciones hereditarias. Son mensajes cifrados del sótano. Y la cura no consiste en encerrar al paciente ni en sedarlo: consiste en descifrar. El dispositivo es el diván. El paciente habla sin censura —la famosa «asociación libre»— y el analista escucha, interpreta, señala. La palabra se convierte en bisturí: al nombrar lo reprimido, el síntoma pierde su razón de ser y se disuelve. O al menos esa es la promesa. Freud, que era neurólogo y soñaba con una psicología científica, no renuncia del todo al cuerpo. Su Proyecto de una psicología para neurólogos intenta traducir los procesos psíquicos a circuitos neuronales. Pero el psicoanálisis que lega al siglo es otra cosa: es una hermenéutica, un arte de la interpretación. El malestar psíquico no es un déficit químico: es una historia mal contada. Curar es ayudar a contarla mejor. El impacto de este gesto sobre la historia de la salud mental es inmenso. Por primera vez, una teoría psicológica ofrece una alternativa real al modelo asilar. El neurótico no necesita ser encerrado: puede ser escuchado en una consulta privada. La locura y la normalidad se acercan: todos tenemos inconsciente, todos somos un poco neuróticos. La salud mental ya no es la ausencia de patología, sino la capacidad de elaborar los propios conflictos. Y el terapeuta ya no es un carcelero ilustrado: es un oyente entrenado. Pero el psicoanálisis también siembra tensiones que lo acompañarán. Su cientificidad será puesta en duda una y otra vez. Su duración y su coste lo harán elitista. Y su énfasis en la palabra dejará insatisfechos a quienes buscan una respuesta biológica para lo que sienten como un mal del cuerpo. Esas tensiones explotarán más tarde. 3. La higiene mental: cuando la salud salió del manicomio En 1908, un hombre llamado Clifford Beers publica en Estados Unidos un libro que nadie esperaba: A Mind That Found Itself. Beers había sido internado en varios manicomios tras un episodio depresivo grave, y había experimentado en carne propia el trato brutal que recibían los alienados. Su libro no es un tratado, sino un testimonio. Pero desencadena un movimiento. El movimiento de higiene mental, que Beers impulsa y que pronto se internacionaliza bajo el paraguas de la fundación Mental Health America, tiene desde el inicio una doble alma. Por un lado, es una causa humanitaria: humanizar el trato en los manicomios, denunciar los abusos, prevenir antes que curar. Por otro, es un proyecto de ingeniería social: identificar y tratar precozmente a los «desadaptados», evitar que los niños problemáticos se conviertan en adultos disfuncionales, construir una sociedad más sana y productiva. Este doble registro va a acompañar a la salud mental durante todo el siglo. La compasión y el control vuelven a entrelazarse, como en tiempos de Pinel, pero ahora a escala poblacional. La salud mental ya no es solo un estado deseable: es un objetivo de políticas públicas. El Estado debe ocuparse de ella como se ocupa de la higiene física. En 1946, este movimiento encuentra su consagración institucional. La recién creada Organización Mundial de la Salud incluye la salud mental en su mandato fundacional. Y acuña la definición que ya hemos citado: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». Lo «mental» queda equiparado a lo «físico» y lo «social» como una dimensión del bienestar. La definición es ambiciosa y bella; también, profundamente problemática. ¿Quién puede reclamar un estado de completo bienestar? ¿No es esa una utopía que convierte la vida corriente en un déficit? Unos años más tarde, en 1950, el Comité de Expertos en Salud Mental de la OMS refina el concepto: la salud mental es «un estado de bienestar en el que el individuo realiza sus capacidades, puede hacer frente al estrés normal de la vida, trabajar de manera productiva y contribuir a su comunidad». El acento se desplaza del bienestar abstracto a la funcionalidad concreta. Sano es quien rinde, quien se adapta, quien produce. La salud mental se convierte en un indicador de ajuste social. El espectro de la acedia o del susto ha quedado muy lejos. 4. La revolución psicofarmacológica: la química que lo cambió todo En 1952, un psiquiatra francés llamado Jean Delay descubre, casi por casualidad, que la clorpromazina calma a los pacientes agitados del hospital de Sainte-Anne. No los cura, pero los aplaca. No es el primer fármaco psiquiátrico, pero sí el que inaugura una era. En pocos años, los neurolépticos, los antidepresivos y los ansiolíticos inundan los manicomios, las consultas y, progresivamente, la vida cotidiana. El efecto es sísmico. Por primera vez, los síntomas psiquiátricos pueden ser modulados con una pastilla. Los manicomios, que durante un siglo habían sido depósitos de crónicos, empiezan a vaciarse. La desinstitucionalización —el cierre masivo de hospitales psiquiátricos que se acelera en los años sesenta y setenta— no es solo una conquista de los movimientos antipsiquiátricos; es también, y quizá sobre todo, un efecto de la psicofarmacología. Si los pacientes pueden ser estabilizados con medicación, ya no necesitan estar encerrados. Pueden vivir en la comunidad. O eso se espera. La revolución psicofarmacológica transforma también la epistemología de la psiquiatría. Durante décadas, los psiquiatras habían convivido con una tensión incómoda: trataban enfermedades de las que desconocían la causa. El psicoanálisis ofrecía una explicación, pero no una localización cerebral. Ahora, los fármacos prometen cerrar esa brecha. Si un antidepresivo que actúa sobre la serotonina alivia la depresión, entonces la depresión es, en algún sentido relevante, un desequilibrio de serotonina. La vieja melancolía se convierte en una disfunción sináptica. La metáfora dominante se desplaza del diván al laboratorio. El cerebro reemplaza al inconsciente como el lugar donde reside la verdad del malestar. Y con ese desplazamiento, la psiquiatría biológica se consolida como el paradigma hegemónico de la salud mental. No es el único, pero sí el que marca la agenda, el que financia la investigación, el que forma a los residentes y el que habla con el Estado. 5. El DSM o cómo un manual se convirtió en la biblia del alma En 1952, el mismo año que la clorpromazina, la Asociación Psiquiátrica Americana publica la primera edición de su Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, el DSM-I. Es un documento modesto, de apenas ciento treinta páginas, muy influido aún por el psicoanálisis. Los trastornos se describen como «reacciones» a conflictos vitales. Nadie imagina entonces el destino que le aguarda. En 1980, el DSM-III lo cambia todo. Rompe con la tradición psicoanalítica y adopta un enfoque a-teórico y descriptivo. Cada trastorno se define por una lista de síntomas operativos, medibles, independientemente de la causa que se le suponga. La depresión mayor requiere cinco de nueve síntomas durante al menos dos semanas. Punto. No importa si la causa es biológica, psicológica o social: el diagnóstico es el mismo. La fiabilidad entre evaluadores —que dos psiquiatras distintos lleguen al mismo diagnóstico— se convierte en el criterio supremo. La validez —si el diagnóstico describe una entidad real— pasa a un segundo plano. El DSM-III y sus sucesores —DSM-IV, DSM-5— se convierten en el lenguaje común de la salud mental global. Los ensayos clínicos los usan para definir sus poblaciones. Las aseguradoras los usan para determinar qué tratamientos reembolsan. Los tribunales los usan para decidir inimputabilidades. La OMS armoniza su propia clasificación, la CIE, con la lógica del DSM. Un manual que nació como una herramienta entre otras se vuelve la autoridad última sobre lo que es normal y lo que es patológico. Las críticas arrecian. ¿Es cada edición una mejora científica o una ampliación del mercado farmacéutico? ¿Por qué el duelo, que antes era una reacción normal, está a punto de ser clasificado como un trastorno? ¿Qué consecuencias tiene codificar el malestar de vivir en una lista de síntomas discretos? Pero el DSM resiste, no porque todos lo amen, sino porque no hay alternativa que ofrezca la misma estandarización. Y la estandarización es el valor supremo de la medicina contemporánea. 6. Balance: tres almas en pugna El siglo XX deja, pues, el campo de la salud mental atravesado por tres lógicas que no terminan de reconciliarse. La primera es la lógica de la escucha, heredera del psicoanálisis y, más remotamente, de la confesión y la dirección espiritual. Para ella, el malestar psíquico es un nudo de sentido que debe ser desatado mediante la palabra. El sujeto sufre porque no sabe lo que le pasa, o porque no puede decirlo. La cura es narrativa: consiste en construir una historia que integre el dolor y le dé un lugar soportable. La segunda es la lógica de la adaptación, heredera del movimiento de higiene mental. Para ella, la salud mental es un recurso de la población, un capital que debe ser protegido y optimizado. La salud no es un fin en sí mismo, sino una condición para la productividad y la cohesión social. El sufrimiento no es un misterio ni un mensaje: es un obstáculo para el funcionamiento. La tercera es la lógica de la molécula, heredera de la revolución psicofarmacológica y consagrada por el DSM. Para ella, el malestar psíquico es el correlato subjetivo de una disfunción cerebral. La cura no es interpretar ni adaptar: es corregir. El cerebro es un órgano como el páncreas, y sus enfermedades deben tratarse con fármacos. La palabra es accesoria; la evidencia es bioquímica. Estas tres lógicas no coexisten en paz. La escucha acusa al fármaco de silenciar el síntoma sin entenderlo. El fármaco acusa a la escucha de carecer de evidencia. La higiene mental, mientras tanto, instrumentaliza ambas en nombre de un ideal social que nadie ha definido democráticamente. Y mientras dura esta pugna, el ciudadano que sufre se debate entre el diván, la pastilla y el test, sin saber muy bien a quién creer. 7. Y mientras tanto, la OMS ya estaba allí En el capítulo siguiente, veremos cómo esta triple tensión se institucionaliza a escala global bajo el paraguas de la Organización Mundial de la Salud. El concepto de salud mental, que había comenzado su andadura en el movimiento de higiene, se convierte en una categoría de políticas públicas, un derecho humano y un campo de disputa geopolítica. Desde la definición de 1946 hasta las actuales campañas de prevención, la OMS ha sido el escenario donde las tres lógicas han negociado, no siempre limpiamente, su coexistencia. Pero antes de adentrarnos en esa historia institucional, detengámonos un momento en lo que hemos recorrido. Del cuidado de sí antiguo al cuidado pastoral cristiano. Del Gran Encierro al alienismo. De la escucha freudiana a la molécula psiquiátrica. El camino es sinuoso, pero la dirección es clara: el alma se ha ido desprendiendo de sus anclajes —la polis, Dios, el cosmos, la comunidad— y ha quedado depositada, primero, en el sujeto que habla, y más tarde, en el cerebro que enferma. La salud mental es el nombre que Occidente le ha dado a ese residuo. Si ese nombre está a la altura de lo que nombra, es algo que todavía estamos a tiempo de preguntarnos. Capítulo 4. La OMS y la consagración global del término: de Alma-Ata a la salud mental universal 1. Un escenario para todas las tensiones Si el siglo XX centrifugó el cuidado del alma en tres lógicas —la escucha, la adaptación y la molécula—, la Organización Mundial de la Salud fue el tubo de ensayo donde esas lógicas se mezclaron, chocaron y se estabilizaron en un precipitado que hoy llamamos «salud mental global». La OMS no inventó el término, pero le dio su carta de ciudadanía planetaria. Desde su fundación en 1946, y sobre todo a partir de la Conferencia de Alma-Ata en 1978, la salud mental dejó de ser un asunto de manicomios y divanes para convertirse en un derecho humano, una meta de desarrollo y un campo de disputa geopolítica. Este capítulo recorre ese itinerario institucional. No es una historia burocrática: es la historia de cómo una definición se convirtió en política, y cómo esa política reveló las fracturas que recorrían —y recorren— el concepto mismo. 2. La definición fundacional y sus sombras (1946-1950) Ya hemos citado la definición de 1946: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». Conviene ahora desmenuzarla. En primer lugar, la definición es triádica. Lo «mental» se equipara a lo «físico» y lo «social» como una dimensión irreducible del bienestar. Eso es una conquista: la salud mental ya no es un apéndice de la medicina, sino un dominio propio. Pero la triada es también una trampa. Al separar lo mental de lo social, la definición sugiere que se puede estar mentalmente sano en una sociedad enferma. ¿Es eso posible? ¿O es más bien que una sociedad enferma produce inevitablemente sufrimiento psíquico, y llamar «salud mental» a la adaptación a ella es una forma de cinismo? En segundo lugar, el «completo bienestar». La palabra «completo» es un listón imposible. Nadie alcanza un estado de completo bienestar físico, mental y social. La vida humana es incompletud, es pérdida, es desequilibrio. Al fijar la salud como una perfección inalcanzable, la OMS convierte la existencia corriente en una patología potencial. El filósofo Ivan Illich lo denunció agudamente en los años setenta: la medicalización de la vida no solo amplía el mercado de la medicina, sino que nos priva de la capacidad de sufrir, envejecer y morir como experiencias humanas, no como fracasos técnicos. En tercer lugar, la revisión de 1950 añade la funcionalidad: «realizar sus capacidades, hacer frente al estrés normal de la vida, trabajar de manera productiva y contribuir a su comunidad». Es una definición más realista, pero también más normativa. La salud mental se mide por la productividad y la adaptación. El que no trabaja, el que no contribuye, queda bajo sospecha. La definición es un espejo del capitalismo fordista de posguerra: sano es el que rinde. 3. Alma-Ata y el giro hacia los determinantes sociales (1978) En 1978, la OMS y UNICEF convocan en Alma-Ata, en la entonces Unión Soviética, una conferencia que cambiará el paradigma de la salud global. La Declaración de Alma-Ata proclama la Atención Primaria de Salud como la estrategia para alcanzar «Salud para todos en el año 2000». Es un documento impregnado de un espíritu igualitarista y comunitario. La salud no es un privilegio: es un derecho humano fundamental. Y la salud no es solo ausencia de enfermedad: es un estado de bienestar que depende de condiciones sociales, económicas y políticas. Alma-Ata introduce el lenguaje de los «determinantes sociales de la salud». La pobreza, la desigualdad, la falta de educación, la vivienda insalubre: todo eso enferma. La salud mental, aunque no es el foco principal de la declaración, queda inevitablemente arrastrada por este giro. Si la depresión y la ansiedad están desigualmente distribuidas en la población —y lo están, y golpean más a los pobres, a las mujeres, a los migrantes—, entonces no basta con tratar los cerebros individuales. Hay que cambiar las condiciones que los enferman. Este giro hacia lo social tuvo consecuencias ambivalentes. Por un lado, politizó la salud mental: la sacó del laboratorio y la llevó al terreno de la justicia social. Por otro, generó una reacción. La psiquiatría biológica, que estaba en plena expansión, vio en Alma-Ata una amenaza a su hegemonía. La tensión entre el modelo social y el modelo biomédico, que ya existía, se convirtió en una guerra de trincheras. Y la OMS se convirtió en el campo de batalla. 4. La salud mental como derecho humano (décadas de 1990 y 2000) A partir de los años noventa, el lenguaje de los derechos humanos coloniza el discurso de la salud mental. La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (2006), impulsada por la ONU, obliga a los Estados a garantizar que las personas con trastornos mentales no sean sometidas a tratos inhumanos, institucionalizaciones forzosas ni discriminación. Es un avance ético indiscutible. Pero también plantea preguntas incómodas. ¿Qué significa exactamente tener derecho a la salud mental? ¿Tener acceso a un psicofármaco cuando el cerebro enferma? ¿O tener acceso a una vida digna que prevenga ese sufrimiento? Si la salud mental es un derecho, ¿quién tiene el deber de garantizarla? ¿El Estado, que debe proveer servicios, o la sociedad, que debe transformar las condiciones que enferman? ¿Y qué hacer cuando el ejercicio de ese derecho colisiona con la libertad de quien, por ejemplo, rechaza un tratamiento que la psiquiatría considera necesario? El debate no es abstracto. En muchos países, el derecho a la salud mental se traduce en protocolos de tratamiento obligatorio, internaciones involuntarias y tutelas que despojan a las personas de su capacidad jurídica. La frontera entre proteger y controlar vuelve a difuminarse. La OMS intenta mediar elaborando guías de buenas prácticas y estándares de calidad, pero el conflicto de fondo persiste: ¿debe la salud mental protegerse desde el derecho o desde la clínica? ¿Y quién decide dónde empieza una y acaba la otra? 5. El regreso del péndulo: el modelo biomédico contraataca Mientras los determinantes sociales ganaban terreno en el discurso de la OMS, la psiquiatría biológica contraatacaba con dos armas formidables. La primera fue la Década del Cerebro (1990-1999), proclamada por el presidente George H. W. Bush, que inyectó fondos masivos en la investigación neurocientífica. Las imágenes cerebrales, la genética y la psicofarmacología prometían desvelar por fin las bases biológicas de los trastornos mentales. La depresión, la esquizofrenia y el trastorno bipolar se presentaban como enfermedades del cerebro tan reales como la diabetes o el cáncer. La salud mental global absorbía ese discurso: si la enfermedad mental es cerebral, la solución es farmacológica, y el reto es llevar los fármacos a quienes no los tienen. La segunda arma fue la carga global de enfermedad. A partir de los años noventa, los estudios epidemiológicos mostraron que los trastornos mentales, y en particular la depresión, figuraban entre las principales causas de discapacidad en el mundo. El mensaje era contundente: la salud mental no es un lujo de países ricos; es una emergencia sanitaria global. Pero la métrica de la carga de enfermedad es ambivalente. Al medir la depresión como causa de años de vida perdidos por discapacidad, la OMS la equiparaba a la malaria o a las cardiopatías. Esa equiparación ayudaba a desestigmatizar, pero también reforzaba el modelo biomédico: la depresión ya no era una crisis existencial, sino una enfermedad crónica que requería tratamiento continuado. 6. La brecha terapéutica y el movimiento global de salud mental A principios del siglo XXI, la OMS acuñó un concepto que se volvió central: la «brecha terapéutica» o treatment gap. En los países de ingresos bajos y medios, entre el 75 y el 85 por ciento de las personas con trastornos mentales graves no reciben tratamiento alguno. La cifra es estremecedora. Y la respuesta de la OMS, plasmada en el Programa de Acción para Superar las Brechas en Salud Mental (mhGAP, 2008), fue pragmática: transferir tareas, formar a personal no especializado, extender los psicofármacos genéricos y simplificar los protocolos. Nació así el Movimiento Global de Salud Mental, una coalición de instituciones académicas, organismos internacionales y financiadores que, con el lema «No hay salud sin salud mental», impulsó la integración de la salud mental en los sistemas sanitarios. Sus logros son innegables: millones de personas accedieron por primera vez a algún tipo de atención. Pero el movimiento también fue acusado de colonialismo científico: exportar las categorías diagnósticas occidentales, priorizar los fármacos sobre las intervenciones psicosociales y desatender los saberes locales sobre el sufrimiento. El debate estalló en la revista Nature y en las páginas de The Lancet. ¿Es la salud mental global una extensión bienintencionada de los derechos humanos o una nueva forma de imperialismo cultural? Quienes defienden el movimiento señalan que las personas con trastornos mentales en los países pobres sufren abandono, estigma y violaciones de derechos humanos. Quienes lo critican advierten que exportar el DSM y el modelo biomédico sin escuchar las voces locales es repetir, con buena conciencia, la vieja arrogancia colonial. La OMS quedó atrapada en medio de ese fuego cruzado. 7. La pandemia silenciosa: salud mental en el siglo XXI En los últimos años, la OMS ha alertado de que los trastornos mentales no dejan de aumentar. La depresión es ya la primera causa de discapacidad en el mundo. La ansiedad y el suicidio juvenil se disparan en los países ricos. Al mismo tiempo, persisten las violaciones de derechos humanos en las instituciones psiquiátricas de muchos países. La OMS responde con planes de acción, guías técnicas y campañas como el Día Mundial de la Salud Mental. Pero la sensación de crisis no cesa. La pandemia de COVID-19 agravó la situación y visibilizó lo que ya era evidente: la salud mental es un espejo de las sociedades. El aislamiento, la precariedad, la incertidumbre y el duelo masivo dispararon los indicadores de malestar. La respuesta fue, en muchos casos, más de lo mismo: aplicaciones de telepsicología, líneas de atención, difusión de consejos de autoayuda. Pero también surgieron voces que pidieron repensar el modelo: ¿y si el malestar no fuera una patología que tratar, sino una respuesta comprensible a un mundo que se desmorona? 8. Balance: lo que la OMS revela y lo que oculta La historia de la OMS y la salud mental es la historia de una tensión irresuelta. Por un lado, la organización ha contribuido a sacar el sufrimiento psíquico del silencio y la vergüenza, a visibilizarlo como un problema de salud pública y a reclamar recursos para atenderlo. Por otro, ha consolidado un modelo —el biomédico— que medicaliza el malestar, lo desvincula de sus raíces sociales y lo convierte en una disfunción individual que debe ser corregida con fármacos y protocolos. Esta ambivalencia no es un defecto de la OMS: es la ambivalencia del concepto mismo de salud mental. Un concepto que, como hemos visto, arrastra siglos de tensiones acumuladas. Entre la escucha y la molécula. Entre el derecho y el control. Entre la adaptación y la transformación. La OMS no ha resuelto esas tensiones; las ha gestionado. Y al gestionarlas, las ha hecho globales. El resultado es que, hoy, en cualquier rincón del planeta, un ser humano que sufre puede ser diagnosticado con las mismas categorías, tratado con los mismos fármacos y evaluado con las mismas escalas que un ciudadano de Nueva York o de Berlín. Eso es, a la vez, una conquista de la equidad y una forma de homogeneización cultural. La pregunta que queda abierta es si ese lenguaje universal es capaz de acoger la diversidad de modos en que los seres humanos han nombrado y atendido su sufrimiento a lo largo de la historia. O si, al imponer un solo idioma, estamos perdiendo vocabularios valiosos para decir el dolor. Epílogo de la Parte I Hemos recorrido un largo camino. De la acedia del monje egipcio al test PHQ-9. De la nave de los necios al DSM-5. Del cuidado de sí griego a la salud mental global. En cada escala de este viaje, el sufrimiento psíquico ha estado ahí, pertinaz y escurridizo. Lo que ha cambiado radicalmente es el modo de nombrarlo, de explicarlo y de intervenir sobre él.