
Parte 1: Del alma atribulada a la salud mental
24 de julio de 2026
Ritual de purificación del pueblo Shipibo-Conibo - Desconocido
Podemos observar a una mujer a cargo de la realización de un ritual sagrado para su pueblo. En la comitiva podemos observar también algunos turistas.
Escrito por
Raúl Olmedo
Psicólogo
Parte 1 · Cuatro gramáticas del sufrimiento
El sol del desierto cae sobre una celda. Un hombre mira la puerta, vuelve a mirar la ventana y calcula cuánto falta para que termine el día. Ha perdido el deseo de leer, de trabajar y de permanecer donde está. La vida que eligió le parece de pronto estéril. Cualquier otro lugar promete una existencia más concreta.
En otro territorio, un especialista en medicina shipibo-konibo canta frente a alguien que atraviesa un padecimiento. El canto no acompaña una intervención separada: es parte de ella. La voz, las plantas, los vínculos y las presencias que componen el mundo participan en lo que allí se entiende por sanar.
En Roma, cuando la casa queda en silencio, un hombre repasa lo que hizo durante la jornada. Recuerda una discusión y examina el juicio que sostuvo su enojo. No busca descubrir una identidad oculta, sino modificar la manera en que responderá la próxima vez.
Mucho después, una persona sentada en un consultorio marca en una pantalla con qué frecuencia ha dormido mal, ha perdido el apetito o ha dejado de sentir interés por sus actividades. Al final aparece una puntuación.
Estas escenas son reconstrucciones compuestas a partir de textos históricos y estudios publicados; no son casos clínicos ni testimonios literales. Tampoco forman una línea evolutiva. Nos permiten observar cuatro gramáticas: cuatro maneras de construir el sufrimiento, el saber sobre él y la posibilidad de modificarlo.
El demonio que alarga el día
En el siglo IV, Evagrio Póntico describió la acedia como el más pesado de los pensamientos que atacaban al monje. Llegaba alrededor del mediodía, hacía que el sol pareciera inmóvil, producía aversión hacia la celda y alimentaba el deseo de abandonar la vida ascética. En el vocabulario de Evagrio no era una enfermedad situada dentro de un individuo. Era un ataque contra la orientación espiritual de su existencia.
Llamarla una “depresión antigua” permitiría reconocer semejanzas —agotamiento, desánimo, pérdida del deseo—, pero borraría aquello que hacía inteligible la experiencia para quien la atravesaba. El problema no era solamente sentirse mal. Era dejar de perseverar en una forma de vida dirigida hacia Dios.
La figura del que sufre era la de alguien sometido a pensamientos que debía aprender a discernir. La figura del que sabe era el asceta experimentado, capaz de reconocer sus movimientos y transmitir ejercicios para enfrentarlos. La respuesta incluía oración, trabajo, vigilancia sobre los pensamientos y permanencia en la celda. El dispositivo no prometía comodidad inmediata: esperaba que el monje resistiera sin convertir el impulso de huir en una decisión.
Este lenguaje podía ofrecer orientación, disciplina y una forma compartida de atravesar el desaliento. También podía volver decibles algunas experiencias y no otras. La historia personal, las condiciones materiales de la vida monástica o un padecimiento corporal no ocupaban necesariamente el lugar que hoy les asignaríamos. Eso no convierte la acedia en un diagnóstico fallido. Muestra que era otro objeto.
Un canto dentro de una red de relaciones
Entre los shipibo-konibo de la Amazonía peruana existen diversas tradiciones medicinales, transformadas por migraciones, intercambios religiosos, urbanización y contacto con los sistemas sanitarios nacionales. No constituyen una cosmología inmóvil ni una comunidad que piense de una sola manera.
Dentro de algunas de esas tradiciones, los especialistas conocidos como onanya utilizan plantas, dietas de aprendizaje y cantos medicinales llamados rao bewa. Pedro Favaron y Chonon Bensho describen esos cantos desde un trabajo que combina investigación, experiencia y conocimiento indígena. En ese registro, cantar no es decorar una cura producida por otro medio: las palabras, la melodía y la relación adquirida con las plantas forman parte de la acción medicinal.
Aquí el padecimiento no aparece necesariamente como una alteración encerrada dentro de la mente. Puede comprenderse dentro de relaciones entre el cuerpo, la familia, el territorio, los seres vivos y dimensiones espirituales. Quien sabe no ocupa su posición por haber aplicado una clasificación universal, sino por un aprendizaje prolongado dentro de una tradición.
Leído en sus propios términos, este dispositivo puede ofrecer acompañamiento, pertenencia, simbolización y continuidad cultural. Esos efectos no necesitan traducirse a un diagnóstico occidental para tener valor. Otra operación sería preguntar si una ceremonia trata una enfermedad determinada con una eficacia clínica específica. Esa pregunta solo corresponde cuando la práctica formula esa promesa, y exigiría estudios capaces de examinarla. Este artículo no la responde.
La precaución importa en ambas direcciones. No corresponde descartar el canto como superstición por no estar formulado como ensayo clínico. Tampoco corresponde convertir una descripción etnográfica o la experiencia de una ceremonia en prueba de eficacia sanitaria.
La jornada ante su propio tribunal
En Sobre la ira, Séneca cuenta que al final del día repasaba lo que había dicho y hecho. La escena tiene algo de tribunal, pero no busca una condena definitiva. El examen permite identificar una respuesta excesiva, reconocer el juicio que la sostuvo y prepararse para actuar de otra manera.
El estoicismo construía las pasiones mediante una teoría del juicio. En su formulación clásica, una pasión no era una fuerza completamente ajena a la razón: implicaba asentir a una valoración equivocada. Al temer, desear o enfurecerse, la persona había atribuido a algo externo un poder sobre su vida buena que los estoicos consideraban excesivo.
Eso no significa que los estoicos propusieran simplemente “pensar positivo”. Su ética exigía distinguir la virtud —el bien propiamente humano— de bienes externos como la reputación, la riqueza o incluso la salud. Esa doctrina podía sostener una libertad interior notable, pero también imponía un ideal severo: el infortunio no debía decidir el valor de una vida.
La figura del que sufre era la de alguien que todavía no juzgaba de acuerdo con la razón. La figura del que sabe era la del maestro o filósofo capaz de transmitir conceptos, ejemplos y ejercicios. El receptor no debía creer en una curación externa, sino practicar. La modificación del malestar era inseparable de una transformación ética.
El examen estoico podía producir reflexión, dominio sobre ciertas respuestas y una comunidad de aprendizaje. También dejaba menos espacio para aquello que no se modifica mediante una corrección del juicio: la vulnerabilidad del cuerpo, las relaciones de poder o las condiciones sociales que restringen efectivamente una vida.
Nueve preguntas en una pantalla
El PHQ-9 fue desarrollado como un instrumento breve para evaluar nueve manifestaciones asociadas con la depresión. Pregunta por su frecuencia durante las dos semanas anteriores y asigna a cada respuesta un valor entre cero y tres. En el estudio original, la puntuación mostró utilidad para estimar la intensidad de los síntomas y contribuir a la identificación de posibles cuadros depresivos. No sustituye por sí sola una evaluación clínica, y el significado de sus umbrales depende del contexto, la población y la finalidad con que se utilice.
Su brevedad permite introducir una pregunta por el sufrimiento en espacios donde antes quizá no se hacía: atención primaria, hospitales, investigaciones o programas comunitarios. También ofrece un lenguaje común para seguir cambios y organizar decisiones. Esta capacidad es una ganancia, no una ilusión.
La escala, sin embargo, debe recortar la experiencia para poder medirla. No pregunta qué significó perder el interés, qué ocurrió antes del insomnio ni qué lugar ocupan el trabajo, una separación, la precariedad o una enfermedad en esa historia. Esa exclusión no es un engaño oculto: pertenece al diseño del instrumento. El problema comienza cuando se le pide responder lo que no fue construido para responder.
El dispositivo produce una figura particular del que sufre: alguien capaz de informar la frecuencia de ciertas experiencias comparables. Produce también una figura del saber distribuida entre el instrumento, su validación, el profesional que interpreta el resultado y el sistema que decide qué hacer con él. Del receptor se espera que traduzca parte de su experiencia a opciones predeterminadas.
Un puntaje no tiene por qué clausurar la palabra. Puede abrir una conversación, advertir sobre una situación que requiere atención o permitir el seguimiento de un proceso. También puede volverse un sustituto de la conversación cuando una institución confunde la información que obtiene con la totalidad de la persona.
No son cuatro nombres para lo mismo
La acedia, la alteración de relaciones que puede abordar un canto medicinal, la pasión estoica y los síntomas registrados por una escala no son equivalentes. Comparten zonas de experiencia humana —desánimo, inquietud, dolor, pérdida de orientación—, pero las organizan de manera diferente.
Cada gramática ofrece algo y cobra un precio. El monacato ofrecía una orientación trascendente, pero subordinaba el malestar a una vocación religiosa. La medicina shipibo-konibo puede preservar una relación entre cuerpo, comunidad y territorio que otros sistemas separan, pero no debe ser convertida en una imagen uniforme ni evaluada fuera de las afirmaciones que efectivamente formula. El estoicismo ofrece ejercicios para examinar los juicios, pero puede hacer recaer demasiado peso sobre la capacidad individual de gobernarse. La medición clínica facilita detección y comparación, pero no contiene por sí sola una narración de la experiencia.
La salud mental contemporánea no llegó simplemente a nombrar mejor algo que todas estas tradiciones ya conocían. Construyó otro objeto, con instituciones, profesiones, clasificaciones y procedimientos propios. Seguir esa transformación no obliga a elegir entre el pasado y el presente. Obliga a observar qué se vuelve visible en cada sistema y qué queda fuera de su vocabulario.
Referencias
Durand, M. (2023). Stoicism. En E. N. Zalta y U. Nodelman (Eds.), The Stanford Encyclopedia of Philosophy. Stanford University.
Evagrius Ponticus. (s. f.). Praktikos, §12 (L. Dysinger, trad.). Saint John’s Seminary. Obra original del siglo IV.
Favaron, P., & Bensho, C. (2022). Rao bewa: Los cantos medicinales del pueblo shipibo-konibo. Literatura: Teoría, Historia, Crítica, 24(2), 139–165. https://doi.org/10.15446/lthc.v24n2.102082
Kroenke, K., Spitzer, R. L., & Williams, J. B. W. (2001). The PHQ-9: Validity of a brief depression severity measure. Journal of General Internal Medicine, 16(9), 606–613. https://doi.org/10.1046/j.1525-1497.2001.016009606.x
Seneca. (1912). Of anger (A. Stewart, trad.). George Bell and Sons. Obra original publicada aproximadamente en el siglo I.