Tema de consulta
Migración y desarraigo
Migrar no es solo cambiar de país: es perder la lengua cotidiana, la red que sostenía y el lugar que uno ocupaba entre los suyos. Qué duelos supone, por qué suelen aparecer tarde y qué se trabaja en un tratamiento.
Raúl Olmedo Evans · Psicólogo clínico y psicoanalista · CPPCR 8270 · Actualizado el
Lo que se pierde cuando nada se perdió pero estás lejos
Hay migraciones elegidas, buscadas durante años, que salieron bien. Y aun así, al tiempo, aparece algo que no encaja con el relato del logro: un cansancio de fondo, una irritabilidad nueva, la sensación de estar actuando un papel, el llanto en momentos sin motivo aparente. Cuando la mudanza fue una decisión propia, eso se vuelve difícil de contar: quejarse parece desagradecido, y en casa, del otro lado, tampoco hay mucho espacio para escucharlo.
Hay otras migraciones que llevan dentro de si otras historias con algún caracter traumático, no las podemos ignorar.
Migrar supone varias pérdidas simultáneas que rara vez se nombran como pérdidas. La lengua cotidiana, aunque uno hable el idioma: el registro donde están el chiste, el sobrentendido, el diminutivo. La red que sostenía sin que hubiera que pedir nada. El paisaje, la comida, el clima, el modo en que la gente se saluda. Y sobre todo el lugar que uno ocupaba: acá nadie sabe quién eras, qué habías construido, a qué familia pertenecés. El currículum se traduce; la historia no.
A eso se suma la fractura del tiempo. Se sigue la vida de allá por pantalla, se asiste a los cumpleaños y a los velorios en diferido, y se envejece a distancia junto a los padres. Quien no pudo viajar a un funeral, por ejemplo, conoce esa forma particular de duelo que quedó sin escena y sin cierre, ¿qué hace cada cual con lo irremediable estando lejos?
Por qué aparece tarde
Los primeros meses tienen su propia energía. Hay trámites, búsquedas, papeles, casa, trabajo: una lista concreta que ordena los días y no deja lugar para otra cosa. El desarraigo suele aparecer después, cuando todo eso se resolvió y por primera vez hay tiempo. Es frecuente que llegue entre el primer y el segundo año, justo cuando desde afuera se supone que ya estás instalado.
También suele aparecer con un hijo, que crece con otro acento y otras costumbres; con un ascenso que confirma que la vuelta se aleja; o con una enfermedad en la familia, que pone la distancia en números de horas de vuelo y de dinero.
La doble ausencia
Hay una formulación que a mucha gente le ordena de golpe lo que le pasa: quien migra queda ausente en el lugar que dejó y sigue siendo, por un tiempo largo, alguien de afuera en el lugar donde llegó. Allá se volvió el que se fue, y las conversaciones siguieron sin uno. Acá se es el extranjero, aunque los papeles estén en regla y el trabajo funcione.
Vivir en ese entre no es una falla de adaptación. Es la condición del que migró, y nombrarla suele aliviar más que cualquier consejo de integración. Un trabajo sobre las corrdenadas de una migración no consiste en elegir un lado, sino en poder habitar los dos sin que eso se sienta como abandono o traición.
Qué se trabaja en el tratamiento
Primero, poner en palabras lo que no tiene interlocutor. Muchas personas que migraron no tienen a quién contarle esto: los de allá escuchan una queja incomprensible, los de acá no conocen el punto de partida. Un espacio en tu propia lengua, con alguien que entiende de dónde venís, hace una diferencia concreta.
Después, el trabajo específico. Qué esperabas de esta mudanza que todavía no llegó. Qué se resolvió con la distancia que no se podía resolver de otro modo —porque a veces se migra también para irse de una familia, de una pareja, de una historia—. Qué lugar ocupa la idea del regreso: hay personas que viven diez años con las valijas mentalmente hechas, y eso impide construir del todo cualquiera de las dos vidas.
Y el duelo, cuando hay uno pendiente: la muerte a la que no se pudo asistir, la relación que se enfrió, el proyecto que quedó del otro lado. Ahí este tema se cruza con el de duelo.
Yo mismo he hecho ya un par de migraciones y he trabajado su clínica en los dos lados, escuchando a quien se fue y escuchando a quien llegó.
Cuándo conviene consultar
- Llevás un tiempo instalado y aparecieron tristeza, irritabilidad o desgano sin motivo claro.
- Sentís que actuás un papel, o que tenés dos versiones de vos que no se tocan.
- Hay un duelo que no pudiste atravesar por estar lejos.
- La decisión de quedarte o volver te ocupa desde hace meses sin avanzar.
- El vínculo con quienes quedaron allá se volvió tenso, culposo o silencioso.
- Estás aislado: trabajás, resolvés, pero no construiste vínculos donde estás.
Si estás en una situación de riesgo
Si sentís que no podés sostener lo que te está pasando, o aparecen ideas de no querer seguir, eso no espera a una cita. Entrá a Ayuda inmediata: ahí están el 911 y las líneas de atención disponibles en Costa Rica. Si estás en otro país, apresúrate a ubicar la línea local.
Cuándo consultar
Podés consultar cuando el malestar se repite, limita tu vida cotidiana o querés comprenderlo con acompañamiento clínico. Si hay peligro inmediato, dirigite a ayuda inmediata.