
Cuando el manual dejó de decir angustia · Parte 1: Freud separa un cuadro (1895)
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Une leçon clinique à la Salpêtrière - André Brouillet
Para finales de 1800 el pensamiento moderno en plena revolución científica atiende sufrimientos que antes fueron objeto de la mística y el oscurantismo, se abre el debate científico sobre su causación.
Un nombre, un recorte
En enero de 1895 Freud, para entonces neurólogo de treinta y ocho años publicó un artículo con un título largo y cauteloso: Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia». El título ya dice lo esencial. No anuncia un descubrimiento sino una operación de recorte. Freud no afirma haber encontrado algo nuevo en el mundo; afirma que un conjunto de fenómenos que la medicina de su tiempo agrupaba bajo otro rótulo merece un nombre propio, y se toma el trabajo de justificar por qué.
Las categorías clínicas no se encuentran como se encuentra un mineral: se trazan. Alguien decide que ciertos fenómenos van juntos y que otros quedan afuera, y esa decisión tiene razones, supuestos y consecuencias. Hacia 1895 la angustia —la palabra cuya arqueología recorrimos en artículos anteriores— recibía por primera vez un lugar propio dentro de una nosografía médica moderna. Ochenta y cinco años después, en 1980, ese lugar desaparecía de la clasificación psiquiátrica más influyente del mundo. Esta entrega cuenta ese arco: cómo se trazó la categoría, qué la sostuvo, y qué se hizo con ella cuando dejó de nombrarse.
El fondo: la neurastenia
Para entender qué separaba Freud hay que entender de dónde lo separaba. La neurastenia había sido popularizada por el médico norteamericano George Miller Beard, cuyo A Practical Treatise on Nervous Exhaustion (1880) describía un agotamiento del sistema nervioso atribuido a las exigencias de la vida moderna: el telégrafo, el ferrocarril, la prensa diaria, la velocidad de los negocios. La neurastenia era una categoría -por decir de un modo- generosa. Cabían en ella la fatiga, el insomnio, la dispepsia, las cefaleas, la irritabilidad, la dificultad para concentrarse, las palpitaciones, los miedos difusos. Tenía además una ventaja social considerable: era un diagnóstico respetable, compatible con la imagen de un sujeto laborioso desgastado por su propia actividad, y no cargaba con el estigma de la locura, la causación se sostenía en el exterior, no en el interior mental del paciente.
Esa amplitud era también su problema. Una categoría que lo abarca todo deja de orientar y una causación puramente externa exime del trabajo personal. Freud, que por entonces trabajaba como neurólogo con pacientes que la medicina somática no lograba aliviar, observó que dentro de ese conjunto había un subgrupo con una fisonomía propia, en el que un afecto ocupaba el centro de la escena: la angustia.
Lo que Freud describió
El artículo de 1895 contiene una de las descripciones clínicas más precisas que la literatura médica había producido hasta entonces sobre este campo. Freud agrupa los fenómenos en torno a varios núcleos. Hay una irritabilidad general, una hiperestesia que vuelve intolerables los ruidos y los estímulos. Hay lo que llama expectativa angustiosa: un estado de aprensión sostenida en el que cualquier incertidumbre se amplifica en la fantasía del peor desenlace posible, una tos se vuelve neumonía, una demora se vuelve accidente fatal. Freud la describe como el síntoma nuclear del cuadro y usa una imagen que haría fortuna: la de un monto de angustia libremente flotante, disponible para ligarse a cualquier contenido representacional que se le ofrezca.
Junto a ese estado de fondo describe el ataque de angustia: una irrupción súbita, sin representación que la justifique, acompañada de palpitaciones, alteraciones respiratorias, sudoración, temblor, vértigo, sensación de muerte inminente o de estar perdiendo la razón. Freud insiste en un detalle que la clínica contemporánea no ha desmentido: la proporción entre el afecto y sus acompañantes corporales varía muchísimo, y a veces el ataque se presenta casi exclusivamente como síntoma somático, sin que la persona registre sentimiento de angustia alguno. Habla, en ese caso, de equivalentes del ataque de angustia. A esto se suman el despertar nocturno con terror —el pavor nocturnus, palabra cuya raíz de golpe revisamos en el primer artículo de esta serie—, el vértigo, ciertas fobias típicas y una serie de perturbaciones digestivas y sensitivas.
Quien lea hoy esa descripción junto a un manual diagnóstico contemporáneo encontrará coincidencias que no son casuales, más adelante profundizaremos en esto. Lo que conviene retener por ahora es que la descripción ya distinguía dos modos de la angustia: un estado de fondo, difuso y expectante, y una irrupción aguda, paroxística. La distinción estaba en Freud. Lo que Freud no hizo fue separarla en dos categorías distintas.
La importancia de la hipótesis sobre la causa
La razón por la que no las separó es que lo que unificaba el cuadro no era su superficie sino su causa. Y aquí el artículo de 1895 da el paso que lo vuelve, a la vez, audaz y perecedero.
Freud ubica la neurosis de angustia, junto con la neurastenia, entre lo que más tarde llamará neurosis actuales, en oposición a las psiconeurosis (la histeria, la neurosis obsesiva). En las psiconeurosis el síntoma tiene un sentido: remite a una representación reprimida, a una historia, y puede descifrarse. En las neurosis actuales, en cambio, el síntoma no tiene sentido en ese mismo registro: es el efecto directo, casi químico, de una perturbación presente —actual— de la vida sexual. La hipótesis es que una excitación sexual somática que no encuentra elaboración psíquica ni descarga adecuada se desvía y se transforma en angustia. Freud enumera las circunstancias que, a su juicio, producían ese bloqueo: la abstinencia, el coitus interruptus, la excitación sin consumación durante los noviazgos largos de la burguesía vienesa, ciertos momentos vitales como la menopausia.
Corresponde nombrar con honestidad el estatuto de esta teoría. Es una hipótesis energética y fisiológica, formulada en el lenguaje de la neurología de su época, y el propio Freud la revisaría a fondo tres décadas después. Nadie la sostiene hoy en su forma original. Pero leerla solo como un error sería perder lo que tenía de apuesta: la idea de que la angustia no es un ruido del sistema nervioso sino una transformación, algo que ocupa el lugar de otra cosa que no llegó a realizarse. Esa idea —la angustia como respuesta a algo que falta en el campo del deseo— sobrevivió a la teoría tóxica que la vehiculizó por primera vez, y es la que retomará buena parte de la tradición psicoanalítica posterior.
El artículo tuvo contradictores de inmediato. El Leopold Löwenfeld (neurólogo) objetó que los ataques de angustia podían explicarse por conmociones psíquicas y por disposición hereditaria sin necesidad de invocar la vida sexual. Freud respondió ese mismo año con A propósito de las críticas a la «neurosis de angustia», donde defendió la especificidad de la etiología sexual y aceptó que la herencia pudiera actuar como condición, pero no como causa específica. La discusión importa menos por quién tenía razón que por lo que revela: desde su nacimiento, la categoría estuvo atada a una pregunta por la causa. Avanzar en el concepto era discutir el por qué.
Angst, anxiety, angustia
Una última precisión, que enlaza con el arco lingüístico de artículos anteriores. Freud escribía Angst, una palabra alemana de uso corriente que designa a la vez el miedo intenso, la congoja y la aprensión sin objeto. Cuando la obra freudiana se tradujo al inglés en la Standard Edition dirigida por James Strachey, Angst se vertió sistemáticamente como anxiety; las traducciones castellanas —la de Luis López-Ballesteros primero, la de José Luis Etcheverry después— optaron por angustia. No es un detalle filológico menor. Desde el momento en que la categoría freudiana entra al circuito psiquiátrico angloamericano lo hace ya traducida a una palabra con otra historia y otra densidad, y es en ese circuito, no en el germánico ni en el hispánico, donde se jugará su destino en 1980. La neurosis de angustia que desaparece del DSM-III es, estrictamente, una anxiety neurosis.
Referencias del segmento (APA)
Beard, G. M. (1880). A practical treatise on nervous exhaustion (neurasthenia): Its symptoms, nature, sequences, treatment. William Wood.
Freud, S. (1981). A propósito de las críticas a la «neurosis de angustia». En Obras completas, Vol. 3 (J. L. Etcheverry, Trad.). Amorrortu. (Obra original publicada en 1895).
Freud, S. (1981). Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia». En Obras completas, Vol. 3 (J. L. Etcheverry, Trad.). Amorrortu. (Obra original publicada en 1895).