
Dos lenguas semíticas y un mapa que empieza
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Sharbat Gula. Afghan Girl. Pakistan. - steve-mccurry
Esta famosa fotografía tomada en un campo de refugiados afgano en Pakistan en 1985, refleja una intensa mirada en la que podemos leer las marcas afectivas de un estado de conmoción angustiante producto de los horrores de la guerra.
La angustia y sus formas · Entrega 1 · Parte 3 de 3
La estrechez fuera del indoeuropeo
El hebreo bíblico dispone de la raíz צ־ר־ר, cuyo adjetivo tsar significa estrecho y cuyo sustantivo tsarah significa angustia, aflicción, apuro. El sustantivo metsar designa el lugar estrecho, el paso angosto. El léxico clásico de Brown, Driver y Briggs registra las dos acepciones bajo la misma entrada, exactamente como ocurre con el latín angustia.
El Salmo 118 contiene el par completo en un solo versículo. El salmista dice que llamó desde el lugar estrecho, min ha-metsar, y que la respuesta que recibió fue merjav, que significa espacio amplio, extensión abierta, y que procede de la raíz de rajav, ser ancho. La estructura del versículo no es la que esperaríamos: al llamado desde la angustia no responde el fin de la angustia sino su contrario espacial. La salvación es un ensanchamiento.
La tradición interpretativa judía posterior extendió esa lectura a la narrativa del éxodo, leyendo el nombre de Egipto, Mitsrayim, en relación con metsar, de modo que la salida de la esclavitud queda figurada como el paso de la estrechez a la amplitud. Conviene señalar que se trata de una lectura homilética y no de una etimología establecida: los filólogos no derivan el topónimo de esa raíz. Pero el hecho de que la tradición encontrara natural esa asociación indica hasta qué punto el par estrechez-amplitud estaba disponible como esquema.
El árabe clásico llegó más lejos y construyó el par como un sistema completo y técnico. La raíz ض ي ق produce ḍāqa, ser estrecho, y ḍayyiq, estrecho. La expresión ḍīq al-ṣadr, literalmente estrechez del pecho, es el término corriente para la angustia, y también para la impaciencia y el fastidio, según registran tanto el léxico clásico de Edward Lane como el diccionario de árabe moderno de Hans Wehr. Su contrario no es una negación sino un término positivo con raíz propia: inshirāḥ al-ṣadr, expansión del pecho, que designa el alivio, el contento y la disposición receptiva. La raíz ش ر ح que lo sostiene significa abrir, expandir, y también explicar, exponer.
El texto coránico usa el par de manera explícita. En la azora sexta se dice que aquel a quien Dios quiere guiar recibe la expansión del pecho, y aquel a quien deja extraviarse recibe un pecho estrecho y oprimido, ḍayyiqan ḥarajan, y la imagen que sigue compara ese estado con el de quien asciende hacia el cielo. Es la falta de aire en altura, usada para figurar la falta de aire del angustiado, en un texto del siglo séptimo. La azora nonagésima cuarta, que la tradición conoce por el nombre de la expansión, se abre con esa misma imagen aplicada al profeta.
Queda un cuarto testimonio, ya dentro del indoeuropeo pero en su rama más oriental y sin contacto con el latín: el sánscrito aṃhas, que los léxicos traducen como angustia, opresión o apuro, junto al adjetivo aṃhu-, estrecho.
Lo que la convergencia autoriza a decir
Conviene ser preciso sobre el peso de este material, porque es fácil pedirle más de lo que puede dar.
El latín, el griego, el germánico y el sánscrito pertenecen a la misma familia, y su coincidencia se explica por herencia común: no son cuatro testimonios independientes sino uno solo, repetido. El hebreo y el árabe pertenecen a otra familia, la semítica, y su coincidencia entre sí tampoco es independiente por la misma razón. Lo que sí es independiente es la coincidencia entre las dos familias. Dos tradiciones lingüísticas sin parentesco entre ellas, separadas en el tiempo y en el espacio, llegaron por su cuenta a nombrar la angustia como una reducción del espacio disponible y, cuando dispusieron de un término para su reverso, lo construyeron como ensanchamiento.
Eso no prueba que la angustia sea una estrechez. La afirmación no tendría sentido. Lo que muestra es que dos grupos humanos que tuvieron que fabricar un vocabulario para este estado, sin poder consultarse, eligieron la misma imagen, y que la imagen no fue la intensidad, ni el desagrado, ni la activación, ni el peligro. Fue el espacio y fue el pecho.
Hay una explicación económica y verosímil para esa coincidencia, y es que la constricción torácica sea un componente somático suficientemente estable de la experiencia como para que lenguas distintas la encuentren y la usen. Los hablantes que acuñaron angustia, tsarah y ḍīq al-ṣadr no estaban proponiendo una metáfora poética. Estaban describiendo lo que notaban en el cuerpo, con el vocabulario espacial que tenían a mano, y notaron lo mismo.
Merece una observación final sobre lo que ocurrió después. Cuando el castellano recibió ansiedad del latín anxietas, recibió un término que ya estaba del lado de la disposición y del grado, no del lugar. Y cuando la psicología del siglo veinte lo convirtió en una magnitud medible, hizo con él algo que la palabra permitía y que angustia no habría permitido con la misma facilidad: lo puso en una escala. Nada de eso fue un error ni una imposición. Fue una decisión que abrió una enorme cantidad de trabajo empírico útil, y de esa decisión y de sus consecuencias nos vamos a ocupar en detalle más adelante en esta serie.
Lo que corresponde señalar hoy es solamente esto: cuando se dice ansiedad se dice una cantidad. Cuando se decía angustia, durante veinte siglos y en dos familias de lenguas, se decía un lugar sin espacio. Entre una cosa y la otra hubo una pérdida, y no fue solamente una pérdida de precisión. El uso excesivo de la palabra ansiedad elude otras tantas formas del sentir, que quedan desatendidas, olvidadas bajo un cartel gastado.
El mapa, hasta acá
Esta serie va a construir un mapa de los afectos que rodean a la angustia, entrega por entrega, y conviene decir desde el principio cómo funciona. Cada entrega deposita un eje del mapa y una anomalía que ese mapa no puede alojar. Al final habrá siete ejes y una acumulación de anomalías, y el mapa no va a cerrar. Que no cierre es el argumento, no un accidente del recorrido.
El eje que esta entrega deposita es el de la inscripción corporal. Las palabras del campo no se distinguen entre sí por cuánto malestar nombran, sino por qué hace el cuerpo cuando se las usa: comprimirse, temblar, erizarse, quedarse sin aire, aquietarse. Gestos distintos y no reducibles el uno al otro, que ninguna escala de intensidad puede separar porque una escala tiene una sola dimensión y aquí hay varias. Y a un costado del eje quedan las dos palabras que no describen ningún gesto: pánico, que nombra la ausencia del objeto, y fear, que nombra el objeto mismo.
La anomalía que esta entrega deja abierta es la siguiente. Ansia, anhelo y angustia comparten el registro respiratorio, y la lengua repartió ese registro entre el sufrimiento y el deseo sin trazar una frontera. Alguien puede tener ansia de algo o tener ansia a secas, y las dos cosas se dicen con la misma palabra. Si construyéramos el mapa como un círculo con la angustia en un extremo y la calma en el otro, el deseo tendría que quedar en alguna parte lejos de la angustia. La lengua lo puso al lado. Esa vecindad no cabe en ningún eje que hayamos depositado hasta ahora, y no vamos a resolverla todavía.
Queda una última cosa por decir, y es una advertencia sobre todo lo anterior. Ninguna de las palabras que recorrimos es la que alguien usa efectivamente un martes cualquiera en San José. Nadie dice que tiene congoja. Nadie dice tribulación. Lo que se dice es que anda con nervios, que algo le da cosa, que está pura vida aunque no lo esté, o, en pachuco, que le da taco, con su referencia directa al ahogo y a la estrechez. Ese vocabulario, que es el que llega a la consulta, tiene una gramática propia y no se comporta como el que examinamos hoy. Lo vamos a examinar en su momento, y va a resultar que rompe el mapa de un modo distinto.
Referencias del segmento (APA)
Brown, F., Driver, S. R., & Briggs, C. A. (1906). A Hebrew and English lexicon of the Old Testament. Clarendon Press.
Lane, E. W. (1863–1893). An Arabic-English lexicon (8 vols.). Williams & Norgate.
Mayrhofer, M. (1992–2001). Etymologisches Wörterbuch des Altindoarischen (3 vols.). Winter.
Wehr, H. (1979). A dictionary of modern written Arabic (J. M. Cowan, Ed., 4ª ed.). Otto Harrassowitz.