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Un desfiladero estrecho entre dos paredes de roca, con una franja de cielo arriba.
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Un objeto de madera y una raíz latina

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Rueda de las emociones - Su versión original fue diseñada por Gloria Willcox, esta fue generada con IA.

Herramienta utilizada en algunos contextos clínicos y educativos, la rueda de las emociones de Willcox fue publicada en 1982 en el Transactional Analysis Journal como herramienta clínica, para pacientes que llegaban a sesión sin palabras para lo que sentían. La variante que circula hoy, más difundida y de autoría menos clara, reorganizó el centro alrededor de las emociones básicas propuestas por Paul Ekman.

Raúl Olmedo

Escrito por

Raúl Olmedo

Psicología clínica

La angustia y sus formas · Entrega 1 · Parte 1 de 3

Un objeto de madera para señalar el sentir

Buscando material para un caso nos encontramos con un pequeño aparato, y conviene mirarlo con ojo crítico, con sus aciertos y sus carencias. Se trata de un disco de madera contrachapada, de unos veinte centímetros de diámetro, colorido. Está dividido en sectores concéntricos: seis emociones en el centro —miedo, enojo, asco, tristeza, alegría, sorpresa— y hacia afuera, en anillos sucesivos, unos ochenta términos más que se supone derivan de ellas. El aparato adquiere movimiento mediante una aguja con ranuras que hace las veces de señalador. Se llama rueda de las emociones. Su versión original fue diseñada por Gloria Willcox y publicada en 1982 en el Transactional Analysis Journal como herramienta clínica, para pacientes que llegaban a sesión sin palabras para lo que sentían. La variante que circula hoy, más difundida y de autoría menos clara, reorganizó el centro alrededor de las emociones básicas propuestas por Paul Ekman.

La teoría básica detrás de la herramienta es común a casi todas las ramas del saber psicológico: ayuda a ubicar las palabras con que se representan las cosas. Es por eso un objeto útil, y conviene decirlo antes que ninguna otra cosa. Quien dispone únicamente de "bien" y "mal", de "sí" y "no", o abusa del indeterminado "no sé", o se limita a negar con un "nada" para nombrar su estado interno, está en una posición complicada. En términos conductuales se ha investigado sobre diferenciación emocional y se han encontrado asociaciones consistentes entre un léxico afectivo más fino y mejores indicadores de regulación. La palabra da forma, y la forma recorta lo inconmensurable. Pasar de dos palabras a doce no es un cambio meramente cosmético. La rueda de Willcox nació en un consultorio y resolvía un problema que existía para una población particular. Pero conviene insistir en que la teoría es básica: se necesitan medios para expresar el mundo interior.

Ahora bien, la estrechez del dispositivo aparece cuando se busca en el disco una palabra específica, tratando de localizarla como en una escala cromática, como si una fuese progresión de otra o tuvieran parentescos simples. En el sector del miedo, hacia afuera, está anxious. Debajo de anxious, en el anillo exterior, están worried y overwhelmed. En la traducción castellana que circula: ansioso, preocupado, abrumado. Lo peor de todo, y a su vez casi poético, es que la angustia no aparece. La palabra que nombra el momento en que más nos faltan las palabras no está. No está en ningún sector, en ningún anillo, en ninguna posición del disco. Tampoco están congoja, ni desasosiego, ni zozobra, ni ansia, ni anhelo, ni pesar, ni aflicción, ni tribulación. La rueda tiene ochenta casilleros y ninguno para la mitad del vocabulario castellano del malestar.

Podría pensarse que se trata de un problema de traducción, y en parte lo es. Pero hay algo anterior. El objeto organiza el campo de los afectos por derivación: del centro genérico hacia la especie particular, como una taxonomía biológica doblada en círculo. Bajo esa lógica, la angustia solo puede entrar como una clase de miedo, y por eso entró bajo el nombre de ansiedad, que es lo bastante escalar como para admitir un lugar en un anillo. Se convirtió en una cantidad: mucha, poca, siete sobre diez.

La historia de cómo ocurrió eso es larga y la vamos a recorrer a lo largo de esta serie. Empieza mucho antes de la psicología, antes de la psiquiatría, antes incluso de que existiera algo parecido a una teoría de las emociones. Empieza en las palabras.

La raíz

Angustia y angosto son la misma palabra.

No son palabras parecidas ni emparentadas de lejos: son el mismo término latino que entró al castellano por dos caminos distintos. El latín angustus significa estrecho, y de él salió por vía popular angosto, con la evolución fonética normal del castellano medieval, y por vía culta angustia, tomado directamente del latín escrito y conservando su forma. Corominas registra el par en su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Un desfiladero en la montaña es una angostura. Una angustia, en latín clásico, era exactamente eso: un lugar donde el paso se cierra.

Angustus viene a su vez del verbo angere, que en latín quiere decir apretar, oprimir, estrangular. Se usaba para lo que hace una soga alrededor de un cuello. De ese verbo salieron también angor, que designa el estado de quien está siendo apretado, y anxietas, que designa la disposición de quien tiende a estarlo, y anxius, y —esto importa— angina, que la medicina conservó con su sentido literal.

La cadena sigue hacia atrás. Ernout y Meillet, en su Dictionnaire étymologique de la langue latine, ubican angere en el conjunto de términos de la estrechez, y la reconstrucción comparativa que recoge Calvert Watkins remite el grupo a una raíz indoeuropea de forma *h₂enǵʰ-, cuyo campo semántico es el de lo estrecho y lo apretado. De esa misma raíz proceden, en otras lenguas de la familia, palabras que hoy no reconoceríamos como parientes.

En griego, y así lo registra el diccionario etimológico de Robert Beekes, ἄγχω significa estrangular y ἀγχόνη designa la soga con que se estrangula. En sánscrito, según los léxicos de Manfred Mayrhofer, aṃhas se traduce como opresión, apuro, angustia, junto a aṃhu-, estrecho. En gótico, aggwus, estrecho. En alemán, como recoge el Kluge, eng significa estrecho y Enge estrechez, y de ahí procede Angst, la palabra que Kierkegaard y Heidegger convertirían en concepto filosófico, que Freud pondría en el centro de su clínica y que Otto Rank llevaría hasta el extremo de convertirla en principio explicativo único. En nórdico antiguo, angr quería decir pena, aflicción; el inglés la tomó y hoy es anger, enojo. Y el inglés recibió además anguish por vía del francés antiguo angoisse, y anxious directamente del latín anxius.

Vale detenerse en el resultado, porque es más raro de lo que parece a primera vista. Una sola raíz, cuyo significado original es puramente espacial, produjo en las lenguas europeas modernas al menos cuatro afectos que hoy clasificamos por separado —la angustia, la ansiedad, la pena y el enojo—, más un diagnóstico cardiológico. En inglés, anguish, anxious y anger son primos etimológicos, y ningún hablante lo nota.

La angina de pecho es el caso más nítido de conservación literal. La descripción clínica canónica del cuadro se debe a William Heberden, que lo presentó ante el Colegio de Médicos de Londres en 1768. Heberden eligió el término angina para nombrar una sensación de constricción retroesternal que los pacientes describían como una presión, un apretón, una banda que ciñe. La medicina se quedó con la parte concreta de la raíz: el apriete físico del pecho. Todo lo demás —el afecto, el estado, la disposición— siguió su camino por el lado de la angustia.

El doblete castellano

El castellano hizo algo más con esa raíz que las lenguas vecinas, y produjo por lo menos cuatro palabras a partir de ella.

La primera es angosto, con su derivado angostura, que conservó el sentido espacial y perdió por completo el afectivo. La segunda es angustia, que hizo el recorrido inverso: conservó el afecto y perdió el espacio, hasta el punto de que hoy resulta sorprendente enterarse de que alguna vez significó desfiladero. La tercera es angina, con su sentido corporal intacto.

La cuarta es congoja, y su historia es la más interesante. Corominas la deriva del catalán congoixa, y esta de una forma latina vulgar construida sobre angustia con el prefijo intensivo con-. Es decir: congoja es angustia dicha otra vez, con un refuerzo. El castellano tomó prestada del catalán una palabra que ya tenía en su propio léxico, con la misma raíz y el mismo sentido, y las conservó a las dos. Eso no ocurre por descuido. Ocurre cuando dos términos empiezan a hacer trabajos ligeramente distintos y la lengua encuentra útil sostener la diferencia.

Cualquier hablante de castellano sabe que angustia y congoja no son intercambiables, aunque le costaría explicar por qué. La congoja tiene un componente de pena, de pesadumbre, de algo que ya ocurrió; la angustia mira hacia adelante y hacia ninguna parte. Nadie enseña esa distinción y todos la respetan. Es un saber que la lengua conserva y que ningún hablante puede formular.

Ese es el tipo de saber que nos interesa recuperar en esta serie, y conviene decir desde ahora en qué registro lo hacemos. Escribimos desde una filiación epistemológica declarada, heredera de la Ilustración: creemos en el examen racional de las afirmaciones y en el conocimiento que se construye por evidencia y se corrige por crítica. Eso tiene una consecuencia inmediata sobre el material que estamos tratando. No sostenemos que la etimología determine el significado actual de una palabra: eso sería un error, y tiene nombre propio en filosofía del lenguaje, el de falacia etimológica. Las palabras significan por su uso presente, no por su origen. Lo que sostenemos es más modesto y más específico: que la insistencia de una misma imagen en tradiciones distintas y sin contacto entre sí es un dato, y que ese dato dice algo sobre la experiencia que las lenguas intentaban capturar. La etimología no prueba nada sobre lo que la angustia es. Muestra qué les pareció importante nombrar a los hablantes que tuvieron que nombrarla por primera vez, y esas elecciones no quedaron inertes: prefiguraron el arsenal de palabras y de formas con que encaramos nuestras experiencias.

Y lo que les pareció importante no fue la intensidad. No fue la valencia. No fue el grado de activación. Fue la metáfora espacial: el efecto en el cuerpo, dicho con las referencias más elementales de que se disponía, las únicas que permitían compartir una experiencia común.

Referencias del segmento (APA)

Beekes, R. S. P. (2010). Etymological dictionary of Greek (2 vols.). Brill.

Corominas, J., & Pascual, J. A. (1980–1991). Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (6 vols.). Gredos.

Ernout, A., & Meillet, A. (2001). Dictionnaire étymologique de la langue latine: Histoire des mots (4ª ed.). Klincksieck.

Heberden, W. (1772). Some account of a disorder of the breast. Medical Transactions of the College of Physicians in London, 2. [Paginación por verificar.]

Kluge, F. (2011). Etymologisches Wörterbuch der deutschen Sprache (25ª ed., E. Seebold, Ed.). De Gruyter.

Mayrhofer, M. (1992–2001). Etymologisches Wörterbuch des Altindoarischen (3 vols.). Winter.

Watkins, C. (2011). The American Heritage dictionary of Indo-European roots (3ª ed.). Houghton Mifflin Harcourt.

Willcox, G. (1982). The Feeling Wheel. Transactional Analysis Journal, 12(4), 274–276. [Paginación por verificar.]

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