
Las familias del apretar, del temblar y del erizarse
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Fotograma de Beau is Afraid - Actor: Joaquin Phoenix. Director: Ari: Aster
Beau Wassermann, interpretado por Joaquin Fenix, encara la revelación de sus miedos y su ambivalencia ante su miendo a la revelación. En varias escenas de la película podemos mirar a Beau sufrir en carne viva los efectos de la angustia y la ansiedad prolongadas, si bien en la tragicomedia surrealista nos es presentado lo que parece un padecimiento mental grave, la representación del afecto es prístina, Phoenix en esta intepretación magistral no hace atravesar la angustia con él.
La angustia y sus formas II.
La familia respiratoria, la ansiedad.
Hay un segundo grupo de palabras castellanas que comparte con la angustia el registro del aliento, y que produce el hallazgo más incómodo de esta entrega.
Ansia viene del latín anxia, forma femenina de anxius. Ansiedad viene de anxietas. Ambas están, por lo tanto, en la familia directa de angere, el estrangular. Hasta aquí no hay sorpresa. La sorpresa es que en castellano contemporáneo ansia oscila entre dos sentidos que consideraríamos opuestos: alguien puede tener ansia en el sentido de angustia y puede tener ansias de algo en el sentido de deseo vehemente. La misma palabra nombra el apremio del que sufre y el apremio del que quiere. Preferimos distinguirlas: de quien se impacienta conviene decir que le inquieta el deseo, que está expectante, que anhela. La clínica sostenida muestra cuánta poesía aparece cuando alguien reconoce un deseo detrás de su ansiedad y consigue sacudirle el carácter sombrío.
Anhelar refuerza el punto. Viene del latín anhelare, que significa respirar con dificultad, jadear, y está construido sobre halare, respirar, de donde salieron también exhalar y hálito. Anhelar es, literalmente, quedarse sin aire. Hoy designa el deseo intenso y sostenido de algo que falta.
Conviene ver la escena completa. El castellano dispone de un conjunto de palabras que nombran la falta de aire, y las repartió entre el sufrimiento y el deseo sin establecer una frontera clara: angustia y ansia hacia un lado, ansias y anhelo hacia el otro, con zonas de superposición que ningún hablante puede delimitar. Si la angustia y el deseo fueran afectos opuestos, o siquiera lejanos, esto no debería ocurrir. Son vecinos.
Hay un tercer término en esta familia y es el más importante para la clínica. Ahogo nombra la asfixia y también, en uso corriente, el estado del que no da más. Y su negación, desahogo, nombra el alivio. Pero desahogarse no significa en castellano simplemente aliviarse: significa hablar. Alguien se desahoga cuando cuenta a otro lo que estaba callando. La lengua corriente construyó, sin ayuda de ninguna teoría, un término que dice que el efecto de hablar es dejar de asfixiarse, y lo hizo con la misma raíz respiratoria que usó para nombrar la angustia. No conocemos formulación más económica de por qué una práctica basada exclusivamente en la palabra podría tener efecto sobre un padecimiento que se siente en el pecho.
Las familias del cuerpo
Si se ordena el resto del léxico castellano del malestar, no aparece un continuo de intensidad sino un conjunto de familias, cada una construida sobre un gesto corporal distinto y bien identificable.
La familia más numerosa es la del apretar, y la angustia es apenas uno de sus miembros. Opresión viene de opprimere, presionar contra. Apremio viene de premere, presionar. Agobio procede de gibbus, la joroba: agobiar es doblar a alguien bajo un peso. Tribulación viene de tribulare, que designaba la acción de la trilla, el paso del rodillo dentado sobre el grano para separarlo de la paja. Cuita, hoy en desuso pero viva hasta el siglo pasado, procede según Corominas de una forma vulgar de coactare, forzar, apretar. Congoja, como vimos, es angustia intensificada. Siete palabras distintas para siete modos de ser apretado.
La segunda familia es la del temblor. Terror viene de terrere, hacer temblar, emparentado con tremere, de donde salieron temblor y trémulo. Lo que estas palabras nombran no es la compresión sino la oscilación involuntaria del cuerpo.
Pavor, en cambio, no pertenece a esta familia, aunque el uso corriente lo coloque al lado del terror. Procede del latín pavor, pavōris, emparentado con pavere y con pavire, batir, golpear, y la reconstrucción comparativa lo remite a una raíz indoeuropea del golpear y el cortar de golpe, la misma que está detrás de podar y de amputar. Cabe aventurar que el uso proceda del estado de choque posterior a un golpe o a un accidente, tanto más si el golpe resultó en el daño o la pérdida de algo en un cuerpo. Con pavor se desplaza también espanto, que el castellano formó sobre expavere.
La tercera familia es la del erizamiento. Horror viene de horrere, que en latín significa erizarse: se decía del pelo que se levanta, del campo de trigo movido por el viento, de la superficie del agua rizada. El horror no aprieta ni hace temblar; hace que la piel se levante.
Quedan afuera de esas familias al menos tres términos importantes, y cada uno construye el vocabulario de otra manera. Miedo viene simplemente de metus, sin imagen corporal reconstruible, lo que sugiere que es un término primario y muy antiguo. Pánico no viene de ningún gesto sino de una figura: el griego designaba con ese adjetivo el terror atribuido al dios Pan, que sobrevenía sin causa visible en los bosques y a mediodía. Es la única palabra del conjunto que en su origen nombra explícitamente un afecto sin objeto, y lo hace atribuyéndoselo a un dios.
Y fear, la palabra corriente del inglés, hace exactamente lo contrario. Procede del inglés antiguo fǣr, que no nombraba un sentimiento sino un acontecimiento: el peligro súbito, la calamidad, la emboscada. Los etimólogos la remiten al germánico fēraz y, más atrás, a la raíz de la que el latín obtuvo periculum —nuestro peligro— y experiri, intentar, arriesgarse. El término no describe lo que le ocurre a quien teme sino la cosa que lo amenaza. Es una tercera manera de construir el vocabulario, ni el gesto del cuerpo ni la atribución a un dios, sino el señalamiento del objeto. Y es la manera opuesta a la del pánico, que nombra precisamente su ausencia.
Hay que ser cuidadosos con lo que este ordenamiento autoriza a concluir. No estamos sosteniendo que quien dice horror tenga la piel erizada ni que quien dice angustia tenga el pecho comprimido: los hablantes usan estas palabras sin la menor conciencia de su origen, y finalmente es el uso paradigmático lo que fija el significado para una comunidad de hablantes, sin adentrarnos siquiera en el uso particular que hace cada quien de un vocablo, con sus malentendidos, sus experiencias propias y sus influencias mixtas.
Lo que el ordenamiento muestra es distinto y anterior. Muestra que, en el momento de tener que fabricar un vocabulario para estos estados, el castellano y las lenguas de las que se nutrió no procedieron graduando una magnitud única. Procedieron nombrando lo que el cuerpo hacía, o lo que había afuera, y ninguna de esas dos cosas es una cantidad.
Una escala de ansiedad de cero a diez no puede recoger esa diferencia, y no porque esté mal construida. No puede recogerla porque mide una sola dimensión, y el vocabulario del que partió estaba organizado en varias. Las escalas son cortas, estrechas, dejan demasiado por fuera; se les escapa lo singular.
El lado sereno no tiene centro
Cabría esperar que el vocabulario opuesto estuviera construido con la misma lógica y ofreciera un ensanchamiento donde la angustia ofrece estrechez. No es lo que ocurre, y esta asimetría es el primer dato realmente extraño de la serie.
Calma procede del latín tardío cauma, tomado del griego kaûma, que significa calor ardiente, específicamente el del mediodía. La palabra pasó del calor a la quietud por la vía del mar en calma, la hora en que no corre viento porque el sol está alto. Nombra la ausencia de movimiento, no la amplitud.
Paz viene de pax, que Ernout y Meillet vinculan a la raíz de pangere y pacisci, fijar, acordar, de donde salió también pacto. La paz, en su origen, no es un estado interior: es un acuerdo que se ha fijado entre partes.
Sosiego procede, según Corominas, de una forma vulgar construida sobre sedere, sentarse. Sosegarse es sentarse. Sereno viene de serenus, que se decía del cielo despejado. Quietud viene de quies, el reposo. Tranquilo procede de tranquillus, de etimología discutida, habitualmente analizada como un compuesto con quies. Y alivio viene de levis, ligero, a través de allevare: aliviar es quitar peso.
El conjunto es notoriamente heterogéneo. Un mediodía sin viento, un acuerdo firmado, alguien que se sienta, un cielo sin nubes, un descanso, un peso que se retira. No hay una imagen común, no hay una raíz compartida, y sobre todo no hay ninguna palabra que nombre el ensanchamiento del espacio. El castellano construyó su vocabulario del sufrimiento alrededor de una imagen dominante y consistente —el apriete, la compresión, la estrechez— y no construyó el término correspondiente para su reverso.
La única excepción es desahogo, y es una excepción por negación: no nombra la amplitud, nombra el fin de la asfixia. El castellano puede decir que la angustia cesó. No tiene una palabra para decir que el espacio se abrió.
Esa carencia no es universal. Hay lenguas que sí la tienen, y las vamos a ver en la última parte.
Referencias del segmento (APA)
Corominas, J., & Pascual, J. A. (1980–1991). Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (6 vols.). Gredos.
Ernout, A., & Meillet, A. (2001). Dictionnaire étymologique de la langue latine: Histoire des mots (4ª ed.). Klincksieck.
Watkins, C. (2011). The American Heritage dictionary of Indo-European roots (3ª ed.). Houghton Mifflin Harcourt.