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La salud mental no cabe en una sola disciplina I.
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La salud mental no cabe en una sola disciplina I.

Fotografía dentro de la biblioteca Vasconcelos. (CDMX) - Ing. Alberto Kalach

Esta impresionante biblioteca tan cerca de Costa Rica, es una de las grande atracciones para el turista culto en México. Diseñada en un etilo bruitalista organicista transmite la idea de un universo del saber sin límites a través de su gran vacío central y plataformas escalonadas.

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Escrito por

Raúl Olmedo

Psicología clínica

Parte 1 · Los modelos que nombran el padecimiento

Una persona comienza a despertarse de madrugada. Durante el día le cuesta sostener la atención y siente un cansancio que no reconoce como propio. En su familia, alguien piensa que trabaja demasiado. Otra persona le recomienda revisar la tiroides. Una amistad habla de ansiedad. En redes encuentra explicaciones sobre inflamación, déficit de vitaminas y trauma. Cada nombre parece iluminar algo; cada uno propone, además, un recorrido distinto.

El padecimiento empieza antes de tener una explicación. Pero no llega a la consulta completamente mudo.

La pregunta que precede al diagnóstico

“¿Qué tengo?” es una pregunta necesaria. Busca identificar una enfermedad, una lesión, una alteración o un diagnóstico capaz de orientar decisiones. Puede conducir a un estudio indispensable, a una medicación o a una intervención que no conviene demorar.

“¿Qué me sucede?” contiene esa pregunta, pero no se agota en ella. También interroga qué cambió en una vida, por qué se volvió insoportable ahora, qué lugar ocupa en los vínculos y cómo se reconoce la persona dentro de lo que le está pasando. Algo sucede que me confronta con la angustia existencial de saberme ser un cuerpo viviente habitado por el lenguaje. Es parte de las peripecias de tener un cuerpo que ha venido a la vida porque las vidas y deseos de otros le antecedieron y porque las vidas y deseos de otros le sobrevivirán.

La antropología médica distingue desde hace décadas entre el proceso que la medicina intenta identificar y la experiencia vivida de enfermar. Pacientes, familias y profesionales no siempre construyen la misma explicación sobre el origen, el curso esperado o el tratamiento adecuado de una situación. Esas diferencias no son un adorno cultural añadido después del diagnóstico: participan desde el comienzo en la manera de vivir el sufrimiento, buscar ayuda, aceptar una indicación, apegarse a ella y valorar sus resultados (Kleinman et al., 1978).

Un diagnóstico puede responder con precisión qué proceso ocurre en el organismo y dejar abierta la pregunta por lo que ese proceso significa para quien lo atraviesa. Del mismo modo, una interpretación psicológica puede producir sentido sin estar en condiciones de descartar una causa médica.

El padecimiento no llega sin lenguaje

El cuerpo duele, se fatiga, enferma y sorprende más allá de las palabras disponibles. Sin embargo, reconocer que algo merece atención requiere alguna forma de nombrarlo.

Se aprende a distinguir entre un cansancio que se soporta y otro que preocupa; entre estar triste, estar agotado y estar enfermo; entre una molestia que se cuenta y otra que conviene ocultar. Estas distinciones se transmiten en familias, comunidades, instituciones, tradiciones religiosas y discursos profesionales.

Hay familias acostumbradas a realizar controles médicos periódicos. Otras consultan solamente cuando el malestar impide trabajar o levantarse. En algunas, una persona ocupa el lugar de buscar información, comparar opiniones y recomendar especialistas. En otras, ciertos sufrimientos se llevan primero ante una autoridad religiosa, una curandera o alguien capaz de dar forma ritual a lo que ocurre. También hay familias donde pedir ayuda se vive como una falta de carácter o una deslealtad hacia quienes “siempre salieron adelante solos”. Los roles de género pueden jugarnos malas pasadas, darnos una interpretación de la feminidad en el padecimiento, siempre enferma, o una masculinidad que no puede hacerse atender sino hasta que la gravedad del caso le deja a expensas de la buena voluntad de otros.

No se trata de clasificar familias ilustradas y familias ignorantes. Cada una transmite una política práctica del padecimiento: qué señales reconoce, a quién atribuye saber, cuándo autoriza una consulta y qué hace cuando la primera respuesta falla. Tampoco significa quedarnos solo con lo que en herencia nos ha tocado: somos dueños de nuestro destino y la libertad es hacer algo mejor de nosotros mismos con lo que otros han hecho de nosotros.

Una práctica tradicional puede ofrecer cuidado, pertenencia, simbolización o una manera compartida de atravesar la incertidumbre. Ese valor pertenece a su propio registro. El examen sanitario empieza cuando una práctica asegura que puede sustituir un tratamiento, curar una infección o volver innecesaria una evaluación clínica.

Nombrar orienta qué hacer

Llamar a algo estrés, depresión, inflamación, trauma, agotamiento, desequilibrio hormonal o mal de ojo no consiste solamente en elegir palabras distintas.

Cada nombre contiene una orientación. Selecciona signos, propone una causa, reconoce a alguien que sabe y dispone una acción: descansar, hacerse exámenes, hablar, tomar un medicamento, modificar la alimentación, rezar, esperar o investigar hasta encontrar una explicación más satisfactoria (Kleinman et al., 1978).

Los modelos médicos, psicológicos, familiares, religiosos y comerciales no operan en compartimentos estancos. Se mezclan, se traducen y compiten. Una persona puede seguir un tratamiento médico y al mismo tiempo interpretar su enfermedad como castigo. Puede acudir a psicoterapia mientras busca en internet una causa cerebral definitiva. Puede recibir un diagnóstico preciso y continuar preguntándose si merece mejorar.

Tampoco se elige entre estos modelos desde un punto neutral. Cuando aparece la pregunta “¿qué me sucede?”, ya existen respuestas que resultan más creíbles que otras. Algunas fueron aprendidas en la infancia; otras circulan con la autoridad de la ciencia, aun cuando su uso divulgativo se haya alejado de lo que la investigación realmente permite afirmar.

Dos maneras de cerrar la pregunta demasiado pronto

En un extremo, cualquier malestar recibe una explicación psíquica. El dolor es tensión, el cansancio es depresión, la alteración digestiva es ansiedad, el síntoma corporal es un conflicto que encontró otra vía. Preguntar por la experiencia subjetiva puede ser clínicamente fecundo; utilizar esa pregunta para descartar lo que todavía no fue evaluado es otra cosa.

Una práctica psicológica responsable necesita reconocer cuándo un síntoma, su aparición, sus cambios o sus antecedentes justifican una consulta médica. Derivar en ese punto no empobrece la escucha: delimita su competencia.

En el otro extremo, toda experiencia queda absorbida por una explicación orgánica. El cerebro, las hormonas, la inflamación, una infección o un déficit aparecen como la causa capaz de volver innecesarias todas las demás preguntas.

Esos procesos pueden existir y requerir tratamiento. Lo reductivo no es investigar el organismo, sino suponer que identificar un mecanismo vuelve irrelevante cómo se vive, qué condiciones materiales lo agravan o qué lugar adquiere dentro de una historia.

La investigación y la filosofía de la psiquiatría han mostrado que los procesos causales pueden operar en distintos niveles, con interacciones y circuitos que no se dejan reducir a una sola dirección. Esta pluralidad no autoriza a reunir explicaciones libremente: obliga a examinar qué apoyo tiene cada afirmación y qué relación causal puede sostenerse en cada caso (Kendler, 2008, 2012).

La psicologización y el reduccionismo orgánico no son errores idénticos, pero comparten una operación: una explicación parcial reclama la totalidad antes de haber ganado ese derecho. Subsumen el tiempo para mirar en el tiempo para acercarse a una pretendida comprensión que decanta en acciones precipitadas.

Un padecimiento ocurre dentro de una historia

La enfermedad no es una metáfora ni una decisión inconsciente. Una lesión no se vuelve imaginaria porque adquiera significado, ni un proceso orgánico desaparece al encontrarle un lugar en una biografía.

Pero enfermar tampoco ocurre fuera de la historia.

Un padecimiento puede vivirse como amenaza, vergüenza, castigo o interrupción. Puede acercar a una persona a alguien de quien dependía o colocarla en la posición de una figura familiar. Puede permitir un límite que antes no encontraba otra forma de establecerse: dejar de trabajar, pedir cuidado, sustraerse de una exigencia o postergar una decisión vivida como insoportable.

A veces estar enfermo puede quedar ligado a una lealtad: sufrir como sufrió alguien, no sobrepasar a una persona amada, conservar una manera de pertenecer. En otros procesos, la posibilidad de mejorar abre conflictos que el padecimiento mantenía suspendidos sin resolución real, estancados en una formación de compromiso en que no se gana ni se pierde, pero se sufre.

Estas son hipótesis clínicas, no explicaciones que puedan imponerse desde afuera. No demuestran por qué apareció una enfermedad y no sustituyen su evaluación. Que una persona reconozca una interpretación tampoco la vuelve prueba causal; que la rechace no autoriza a convertir su desacuerdo en confirmación. Finalmente, cada persona es dueña de su destino; también seremos responsables ante las sorpresas que superan nuestro corpus de conocimientos. No somos omniscientes y no se nos pidió la perfección.

La pregunta más prudente no es “¿para qué se enfermó?”, como si hubiera una intención secreta esperando ser revelada o como si todo dependiese de un masoquismo primario en el cual refugiarse. Cioran contrapone la pertenencia mundana de la persona sana con la lucidez y el apartamiento de quien enferma (Cioran, 1949/1988). Las preguntas transitan más bien por la vía de: ¿qué lugar llegó a ocupar el padecimiento en esa vida y esa historia?, ¿qué cambiaría si dejara de ocuparlo?

Reconocer esa dimensión permite evitar dos negaciones: que una explicación orgánica borre al sujeto que la recibe, y que una lectura simbólica se atribuya un poder que no tiene sobre el organismo.

La pregunta “¿qué me sucede?” llega a cada consulta acompañada por nombres heredados, recorridos anteriores y explicaciones que ya empezaron a ordenar la experiencia. Reconocer esa pluralidad no obliga a aceptar todas las respuestas como equivalentes. Obliga a saber cuándo una mirada encontró su límite.

La segunda parte examina qué puede aportar un equipo interdisciplinario cuando una sola intervención ya no alcanza, y qué condiciones necesita para que varias miradas produzcan algo más que una acumulación de consultas.

Referencias

Cioran, E. M. (1988). Breviario de podredumbre (F. Savater, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 1949).

Kendler, K. S. (2008). Explanatory models for psychiatric illness. American Journal of Psychiatry, 165(6), 695–702. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.2008.07071061

Kendler, K. S. (2012). The dappled nature of causes of psychiatric illness: Replacing the organic–functional/hardware–software dichotomy with empirically based pluralism. Molecular Psychiatry, 17(4), 377–388. https://doi.org/10.1038/mp.2011.182

Kleinman, A., Eisenberg, L., & Good, B. (1978). Culture, illness, and care: Clinical lessons from anthropologic and cross-cultural research. Annals of Internal Medicine, 88(2), 251–258. https://doi.org/10.7326/0003-4819-88-2-251